¿Quiénes son los creadores del fenómeno del Malbec cuyano?

17/12/09
Fuente: Austral Spectator | Diego Bigongiari.

Malbec[1]¿Desde cuándo es la cepa insignia de Argentina? La “uva francesa” llegó a Cuyo desde Burdeos hace más de 120 o 130 vendimias. A través del tiempo sufrió una “deriva genética” que le aportó algunas características distintas del Cot o Malbeck originario, y en el clima más seco de los viñedos argentinos logró expresarse –gracias a la óptima maduración– de una forma excepcional. Pero su fama como “cepa insignia argentina” es muy reciente, tanto como los Malbec de estilo moderno. Hoy la profusión de Malbecazos, Malbecs y malbequitos es tal que, en nuestra tercera edición 2006 catamos 239 muestras (¡1 de cada 4 muestras de vinos argentinos!) y hay más en el mercado. Por eso creo que vale la pena rebobinar a los orígenes. Son rarísimos los Malbec argentinos de los que se pueda hacer una cata vertical de 10 añadas.

Hace ya 20 años, en su Guía de los Vinos Finos Argentinos, el enólogo Enrique Queyrat escribía que el Malbec “en un momento cubría el quince por ciento del viñedo. Desgraciadamente, como, según la expresión de Dengis en Vinos y Viñas: “la industria ha sido tragada por el vino común” y las plantaciones de Malbec han sido reemplazadas por plantaciones de criolla o de cereza, su importancia numérica ha disminuido”. Más adelante, decía hace casi un cuarto de siglo Queyrat del Malbec que “es el “comodín” de casi todos los tintos finos. Aún los que ostentan la pretensión de ser varietales tienen, en general, una pequeña proporción de Malbec para equilibrarlos. Se considera además que la Malbec argentina es superior a la Malbec francesa”. En esa publicación (primera edición 1982) los únicos Malbec varietales mencionados (todos sin año) son: Bodega de Antes de Finca Flichman, Pequeña Vasija de bodega San Felipe (La Rural), Pascual Toso, Burdeos Tinto de Federico de Alvear, Trapiche y Trapiche Rosado (de lo que deduzco que Ángel Mendoza sabía que al Malbec hay que sangrarlo más que a otras cepas) San Huberto y Tinto Fino de Calvet y el entonces novedoso San Telmo en la flamante bodega de Sigifredo Alonso, uno de los primeros productores argentinos que adoptó las barricas bordelesas de 225 litros para la crianza. Así queda demostrado que el Malbec varietal existía al menos una década antes que el primer flying winemaker de ultramar aterrizara en Mendoza. Pero el libro menciona muchos más monovarietales Cabernet Sauvignon que Malbec.

Un nombre surge cuando se investigan los orígenes del boom del Malbec argentino: Ricardo Santos, en aquellos años propietario de la bodega Norton, que pronto tendría también su Malbec en el mercado. Fue precisamente a causa de un Norton Malbec que su hijo Patricio Santos le hizo probar a Alberto Antonini en la Universidad de Davis en California a principios de la década de 1990, que éste descubrió la que pocos años más tarde sería la epónima cepa argentina. Según recuerda Antonini, el vino le pareció de estilo anticuado, pero con una fruta y un carácter singular. Raúl de la Mota en Weinert, Ángel Mendoza en Trapiche, Roberto Luka en Finca Flichman, los Toso y los Bianchi en sus bodegas hacían también Malbec varietal en la década de 1980.

En 1988 Michel Rolland descubrió a la Argentina gracias a Arnaldo Etchart y forzosamente debió descubrir al Malbec pero su aventura con la cepa, hasta donde sabemos, comenzó en 1999 en San Pedro de Yacochuya, con esas 8 hectáreas de Malbec de altura que en las sucesivas añadas dieron resultados epónimos. También en 1999 comenzó a vinificar Malbec en suelo argentino el enólogo italiano Roberto Cipresso, con sus socios Tiziano Severo, Santiago Achával y Manuel Ferrer.

En 1992, la Guida ai Vini del Mondo de Slow Food en su capítulo dedicado a la Argentina reseñaba 4 varietales Malbec: el Elsa’s Vineyard 1988 de Valentín Bianchi, el San Telmo 1985, el Pascual Toso 1989 y el Trapiche Reserva 1988. Ese mismo año 1992, Diane y Hervé Joyaux probaron un Malbec (que no se comercializaba) y tuvieron un “golpe de rayo” que los convenció de afincarse, comprar viñedo de Malbec y construir bodega en Vistalba y no al otro lado de los Andes.

En 1993, el enólogo toscano Attilio Pagli fue contratado por Nicolás Catena para una consultoría sobre el Sangiovese, cepa que en su expresión cuyana lo decepcionó tanto como lo entusiasmó el Malbec, que Pagli descubrió en la ocasión. Según cuenta Pagli, en aquél entonces el doctor Catena era escéptico sobre el potencial monovarietal del Malbec.

En 1995, escribí y dirigí la segunda edición de la Guía Pirelli de Argentina, que en su capítulo cuyano contó con una nota sobre cepas y vinos escrita por Fernando Vidal Buzzi: si bien allí Fernando, al igual que en la primera edición de 1990, destaca bien el carácter singular del Malbec, todavía no la menciona como “cepa insignia” ni nada parecido, concepto que comenzó a esbozarse recién a fines de la década.

Siempre en 1995, Alberto Antonini y su socio Antonio Morescalchi compraron una finca en Medrano y comenzaron a plantar Malbec al mismo tiempo que recorrían viejas fincas de Malbec de las mejores zonas de Mendoza para comprar uvas, que vinificaron por primera vez en 1997 en la bodega Escorihuela de Nicolás Catena, cuando a la sociedad Altos Las Hormigas ya se había sumado también Attilio Pagli. Ese año salió al mercado el primer Cadus Malbec creado por Alberto Antonini para su amigo Adriano Senetiner. Así los 2 primeros Malbec monovarietales premium de estilo moderno o “internacional” –es decir con un manejo del viñedo, la vinificación y la crianza de acuerdo a los estándares más altos y vanguardistas de la enología– fueron el Cadus y el Altos Las Hormigas. Pero en el annus terribilis 1998 no hizo Altos Las Hormigas.

En esos mismos años Ricardo Santos vendió Norton y se dedicó a elaborar el Malbec premium que lleva su nombre y apellido, sin crianza en barrica, que también siguió atrayendo a nuevos productores: fue a causa de otra botella de su vino, bebida al otro lado del océano, que Enrique Foster y su esposa Lois Severini plantaron bodega en 2002 en Mendoza para elaborar la cepa epónima.

También en esos años la bodega de Nicolás Catena comenzó a apostar fuerte al Malbec y a desarrollar un importante trabajo de selección clonal que pronto daría sus frutos: en la edición 2002 de la Wine Buyer’s Guide de Robert Parker, el mejor Malbec de Argentina (y del mundo) es el Catena-Alta Lunlunta Vineyard, seguido luego por los Malbec de Altos Las Hormigas (erróneamente mencionado como Altos de Madrano, sic), Luigi Bosca, Arnaldo B. Etchart, Nicolás Fazio, Navarro Correas, Cadus, San Telmo, Weinert y Bianchi.

Así vemos que el concepto de Malbec como “cepa insignia” o emblemática de Argentina –que parece instalado desde siempre– no tiene en realidad más que 6 o 7 años, comenzó muy a fines del siglo XX. También se ve que si bien la “uva francesa” era apreciada y vinificada desde hace generaciones en Cuyo, fue “re-descubierta” para el mundo gracias a un puñado de enólogos europeos: no hay nada de raro en ello porque cuando se nace, vive y muere al lado de algo excepcional es improbable apreciarlo como tal y no como algo normal.

Algo similar pasó con el Tannat en Uruguay, “re-descubierto” por los hermanos Jacques y François Lurton quienes lo vinificaron por primera vez en 1997 en la bodega de los hermanos Carrau. El Tannat estaba allí desde hacía más de un siglo, pero no se justipreciaba su potencial monovarietal y mucho menos, su valor como “cepa emblemática” –ni se lo vinificaba acorde.

Hay que decir que el concepto de “cepa insiginia o emblemática” es muy reciente y más que de la enología, proviene de los departamentos de marketing de las bodegas inspirados por los flying winemakers siguiendo la invención californiana del Zinfandel y su re-invención del Chardonnay, el boom australiano del Syrah o Shiraz, el éxito de los Pinot de Oregon y los Sauvignon Blanc de Nueva Zelanda. Todos fenómenos de enología y marketing ya bien encaminados en los albores de la década de 1990.

El Carmenère de Chile fue “re-descubierto” en 1994 por el ampelógrafo francés Jean Michel Boursicaud, quien determinó que el Merlot de Viña Aquitania no era Merlot sino Carmenère. En 1996, el enólogo chileno Álvaro Espinoza lo vinificó por primera vez en Viña Carmen, dándole el nombre homónimo de Grande Vidure, un Carmenère: se cuenta que por poco no lo echaron de la empresa, porque al principio y en un medio conservador como el vitivinícola chileno de mayor alcurnia, era algo casi subversivo introducir una nueva cepa y para colmo transformarla en bandera de los vinos del país. Pero a diferencia de la Argentina, donde había casi 15.000 hectáreas de añosas viñas de Malbec, en Chile entonces existía menos de un centenar de hectáreas de Carmenère en mayor parte mezcladas con Merlot, superficie que en una década se multiplicó más de 50 veces.

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