Al vino lo está matando el cartón

06/03/11
Especial para Los Andes | Rodolfo Cavagnaro.

int-372568[1]La realidad es que los vinos de alta gama siguen jalonando éxitos en todos los mercados del mundo, pero estos vinos representan no más del 1% del volumen de producción. Mendoza tuvo sus festejos vendimiales, los que son bastante populares, con una participación masiva, sobre todo en la Vía Blanca y el Carrusel, mientras la industria, en pos de un crecimiento cualitativo significativo, parece estar alejándose cada día más de los segmentos más populares. La realidad es que los vinos de alta gama siguen jalonando éxitos en todos los mercados del mundo, pero estos vinos representan no más del 1% del volumen de producción y, además, en el mundo, no llegan al 3% del consumo total.

Cuando uno habla con sinceridad con los responsables de las principales bodegas, estos reconocen que la empresa vive de los vinos masivos y no de los de alta gama. Incluso, hoy, con la coyuntura cambiaria que vive el país, las bodegas que sólo exportan están en muy malas condiciones, mientras que las que tienen una pata importante en el mercado interno pueden mantener sus operaciones equilibradas.

La realidad de la vitivinicultura argentina es que el 90% de la producción va al mercado interno y que, entre ambos mercados, los vinos de alta gama sólo representan el 1% del mercado.

Sin embargo, toda la comunicación que aparece sobre los vinos está totalmente acartonada. La comunicación adolece de un defecto básico: se publicitan productos llenos de ritos, a los que hay descubrirles cosas (aromas, sabores) con los que los consumidores no están familiarizados y terminan siendo productos lejanos.

Este concepto de lejano está relacionado con todo el acartonamiento que hoy rodea al vino y lo hace accesible, conceptualmente, sólo para un grupo de elegidos.

Lamentablemente, muchos viven del cartón, porque han surgido gran cantidad de comunicadores a los que les encanta hablar en difícil usando al vino como herramienta de su propio posicionamiento, mientras los números nos muestran una caída del consumo en manos de otras bebidas, incluso alcohólicas, que han sabido adaptarse a las tendencias de los nuevos tiempos.

Hay que despenalizar el consumo

En los últimos años han aparecido nuevos monjes del vino, que custodian su sacro consumo, exigiendo rituales para el cual han establecido dogmas. Como pasa en otros ámbitos, estos monjes no representan el verdadero espíritu de los Dioses, sino que, también, hacen negocios “vendiendo” su dogma.

Ni Dionisos ni Baco eran tan formales como los nuevos monjes fundamentalistas. Ambos Dioses eran la representación del placer y no del acartonamiento. El placer es algo inherente al ser humano y totalmente lejano del acartonamiento con el que se quiere proteger al vino.

Una copla popular reza que “el vino libera al hombre y es fermento de amistad; el vino es sangre de Cristo porque es sangre popular”. Por supuesto, los monjes custodios de una sacralidad inexistente, condenarían a esta copla por herejía.

En los últimos años, en lugar de facilitar el consumo lo hemos hecho más difícil. Le decimos a la gente que tiene frutos rojos, café, chocolate, pimiento, pomelo, grosellas y hasta cardamomo. No le decimos que el vino es intimista, que es un vehículo de unión entre los afectos, que es para compartir y que el vino, en sí mismo, es tan buen amigo, que es permeable para ser consumido como más le guste al consumidor.

Hoy, para tomar vinos hay que hacer cursos de degustación, hay que cuidar el “maridaje” con las comidas, hay que cuidar la temperatura, mirar el año de cosecha, saber si pasó por barrica y, lo que es peor, la mayoría de las veces hay que estar expuesto a explicar técnicamente lo que se está bebiendo.

Seguimos errando el camino. Parece que la industria hace vinos para degustar y no vinos para tomar, simplemente tomar, sin culpas, con placer, con ganas de disfrutar. Por el contrario, damos oxígeno a los monjes que penalizan a los consumidores con la soberbia frase “vos no sabés tomar”. Para tomar vinos no hay que saber, hay que tener ganas, solamente.

Hay bebidas que tenían un nivel muy rígido de acartonamiento que fue tirado abajo por los propios consumidores. El Fernet no se vendería en las cantidades actuales si hace 30 años algunos jóvenes no se hubieran animado a mezclarlo con bebidas cola. Lo mismo ocurre con el Campari, cuyo volumen creció a partir de su uso como mixer con jugos de frutas. Algunos aperitivos ya están recorriendo el mismo camino para recuperar volumen.

Mientras tanto, el vino se ha llenado de monjes fundamentalistas que dicen custodiar el sacro consumo, mientras los dioses lloran de pena al ver cómo espantamos consumidores por obligarlos a aceptar dogmas malignos que sólo alejan a la gente del maravilloso placer de beber vinos sólo para disfrutar.

Hay que terminar con tanta banalidad estúpida. Hacer los mejores vinos y que la gente los consuma como quiere. ¡Ah! Si alguien te dice que sabe de vinos y te da consejos, no le hagás caso. No le importa el vino. Sólo le importa que lo reconozcan a él. No le interesa tu placer sino su posicionamiento. No te dejes engañar por aprendices de sabihondos.

Hay que recrear el espíritu del bodegón y el pingüino. El vino más complejo y el más simple se puede tomar con la mayor naturalidad: como más te guste, con lo que más te guste y con quien más te guste. Lo demás, es puro verso de cartón.

COMMENTS (1)

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    Ahijuna marzo 9 2011

    Demás está decir que hoy por hoy acompañar la comida con un vino aceptable resulta más económico que hacerlo con cerveza o gaseosas de marca.
    El gran dilema de las bebidas alcohólicas es el de ganar mercado a la vez que se producen más simios alcoholizados 24 x 7.
    Saludos!