Alberto Alcalde: El que rebautizó los viñedos

25/11/10
Fuente: Diario Uno | Gabriela Valdés.

d24f4[1]Alberto Alcalde fue quien, en los ’60, ordenó y les puso el nombre correcto a las variedades de vid, que estaban cambiadas desde la época de los inmigrantes. En una botella de Malbec había Cabernet. Una de Merlot atesoraba un Pinot Noir. Así fueron las cosas hasta los años ’60, cuando los cepajes eran bautizados según el talante o la intuición del viñatero. No era obra de la malicia tal desbarajuste, sino que, como cuenta el ampelólogo Alberto Alcalde, “los inmigrantes trajeron a estas tierras las vides e hicieron uso de ellas, pero no sabían sus verdaderos nombres. Ahí vinieron los errores, porque nadie era un investigador ni nada, sólo hacían un uso de la planta”.

Alcalde –junto con otros apasionados como José Vega y Wigberto Cinta– hizo una tarea de hormiga desde principios de los ’70, metiéndose entre surcos de viña con su libreta de notas y su cámara de fotos, registrando hojas, brotes y sarmientos para citar con exactitud las variedades en las etiquetas de las botellas. De eso se trata la ampelología, la ciencia a la que Alcalde le dedicó su vida.

Así fue, paso a paso, que Alcalde puso a cada variedad su nombre preciso según exhaustivos manuales que él mismo estudió primero y trajo de Europa tras sus viajes. Pocos entre los miles que hoy consumen vino a diario saben que este hombre, vecino de Godoy Cruz, es quien hizo que cualquiera sepa hoy que el Merlot que tiene guardado es Merlot; el Cabernet, Cabernet; el Malbec, Malbec, y así con todos los varietales.

–Lo que usted hizo por la vitivinicultura es muy importante…

–No, no. Usted ya viene con una idea… pero yo no soy un personaje ni una persona especial. Soy una persona vulgar, sólo hice mi trabajo, que es lo que todo el mundo tiene que hacer. Yo no soy interesante, no sé porqué me quieren hacer una nota a mí.

Así arrancó la entrevista con UNO, y hay que decir que la modestia de Alcalde es harto incómoda para cualquier periodista, siempre atento a la frase rimbombante que irá a parar al título o a la verba florida que lo ayudará a confeccionar la nota para los lectores.

–¿Cómo eran esos tiempos en que no había conocimiento de los cepajes en Mendoza, en Argentina?
–Los inmigrantes españoles e italianos traían plantas y en todos lados proliferó la viña. Pero esas plantas eran una especie de yuyos y la gente no tenía la menor idea de cómo se manejaban. Pero resulta que la planta tiene sus especies y dentro de éstas hay muchas variedades, que son muy distintas y producen vinos diferentes, por eso es importante la variedad. Acá teníamos las variedades todas confundidas. Nosotros nos pusimos a estudiar con bibliografía y vimos que estaban los nombres equivocados. Y cuando uno estudia se le meten las variedades en la cabeza: tienen un tronquito, un sarmiento diferente, una hoja, un brote particular. Antes, acá te vendían Merlot y no era Merlot.

–¿Cuántas variedades registró?
–Más de 50, creo que fueron 57. Ahora hay una abundante bibliografía, pero en ese momento sólo estaban los libros del Primer Mundo. Hay muchísimas variedades, pero lamentablemente eso se fue perdiendo, ahora a los bodegueros no les interesa demasiado investigar en probar vinos con nuevas variedades.

–¿Por qué pasa eso?
–Y… por una cuestión comercial. Si venden Malbec y Cabernet y les va bien, y la gente está contenta porque se hacen buenos vinos, ¡qué se van a poner a experimentar! Hoy algunas bodegas están empezando de nuevo a reflotar algunas variedades. Por ejemplo la Bonarda (ver aparte). Podríamos saber algo más de estas variedades, pero tampoco se les puede pedir a los bodegueros que investiguen. Ni la Patria ni Mendoza se ven perjudicadas por esto, así que…

–¿Cree que en eso de la degustación y de todo el boom del vino hay un poco de verso?
–Y sí, sí, yo creo que hay mucho de verso, que la degustación es una cosa muy personal. Muchas veces la gente ve una botella de un vino a 50 pesos y dice “¡uy, que buen vino!”, y no es tan bueno.

–Usted no cree haber hecho un trabajo importante, pero en muchos lugares leen sus libros como una Biblia…

–Son libros que han publicado y usado en todos lados porque tienen todos los detalles para reconocer las variedades. La descripción la tomé de bibliografía de Europa, y así iba descubriendo yo las que estaban mal llamadas. Veía las hojas de Merlot y me daba cuenta comparándolas con los libros de que no era Merlot. Ahí está mi intervención, buscar hoja por hoja entre las fincas. Pero hubo muchas casualidades en esta historia, muchas casualidades. Uno tiene la variedad en la cabeza, pero no es nada especial.

Falsa bonarda

–¿Qué pasó con la Bonarda?
–La Bonarda que se vende aquí, yo tengo la convicción de que no es Bonarda. En realidad es una variedad francesa, Corbeau, que es de medio pelo, no es gran cosa, pero se la usa mucho porque es rendidora, resistente, muy productiva, pero no es verdadera Bonarda.–¿Cómo es la auténtica?
–La Bonarda auténtica es piemontesa, del norte de Italia. Y es una variedad muy fina, muy distinguida. Incluso allí en Italia ha habido discusiones sobre cuál es la auténtica Bonarda, pero al final la identificaron.

–¿Y usted investigó eso?
–Yo me hice traer de Italia, con gente muy seria, ampelólogos serios en los que yo confío, me hice traer unas plantas y las coloqué en el INTA. Ahora han crecido y se puede determinar que ésa es la verdadera Bonarda.

–¿Qué hará con esa información?
–A mí no me interesa armar un escándalo, ni ir al INV y decir nada. Si tampoco es que a la gente le están dando un veneno. Los vinos que se hacen son muy buenos y la gente está contenta.

–¿Pero los italianos podrían reclamar por el nombre?
–Y… no sé, tendrían que movilizarse los italianos para acá, pero no creo. Lo que sí puede pasar es que un señor se ponga a cultivar verdadera Bonarda, haga vino de esa variedad, y después reclame ante el INV que nadie más pueda decir que tiene Bonarda. Eso sí, pero yo no lo voy a hacer.

Personal

Edad: 89. Tiene tres hijos, Alberto, Nora y Emilio, y 7 nietos.
Estudios: ingeniero agrónomo, ampelólogo (del griego “ampelos”, vid, y “logía”, estudio).
Orgullo: fue reconocido a principios de este año con el homenaje a los hacedores del vino, que realiza el Gobierno a quienes hacen invaluables aportes a la vitivinicultura. Sus libros, entre ellos el reconocido Cultivares vitícolas argentinas (publicado por el INTA), son consulta obligada de enólogos.
Pérdida: la de su esposa, María Elena Rodríguez.
Definiciones: “La vid es una planta muy interesante. El hombre tiene 23 cromosomas, la vid hasta 42, las posibilidades de cruzar
la planta hasta llegar a nuevas características son impresionantes”.

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