Canguros encandilados

25/06/12
Fuente: Vinorama | Patricio Tapia.

El PlataUno no debiera aceptar todos los consejos de los amigos. Sobre todo cuando se trata de libros. “Lee éste”, me dijeron. Y “éste” es Pánico al Amanecer, un libro del australiano Kenneth Cook, y que publicó cuando tenía 35 años, en 1961. Una novela más bien breve sobre la resaca. Claro que “Pánico…” es sobre la resaca tanto como Esperando a los Bárbaros es sobre colonialismo. Debieran leerla. A mí me dejó tirado, en el suelo. De esos libros que te llevan a donde no quieres ir, de esos escritores como Cook que tienen tal talento y habilidad que tú aceptas que te lleven a donde no quieres ir o, peor aún, a un lugar que realmente aborreces. Pero vas igual porque, como ustedes ya lo deben haber aprendido, el placer no sólo está en los lugares con sol y brisa fresca y buena vista al horizonte; sí, ese horizonte despejado. No siempre la felicidad o el placer o la comodidad están ahí. A veces están en otras partes, como en el centro de Australia, por ejemplo, el “corazón muerto” lleno de polvo y soledad y asfixia y desolación. Y luego la resaca.

Si no fuera por las brisas andinas, quizás el desierto mendocino podría parecerse al “outback” australiano. Quitando los picos andinos, esas enormes cumbres que se levantan como monstruos, el paisaje y la desolación serían parecidos. A quién se le ocurriría plantar algo allí, entre todos esos espinos?

Gualtallary puede tener –al menos en su mayoría, la que importa, el “Gualtallary alto”- ese parecido. Altamira, en cambio, no. En Altamira hay viñedos que están cerca de las chacras y de los arroyos y de los sauces que dan sombras formidables y largas. En Altamira, la viticultura es antigua; Gualtallary ni siquiera tiene dos décadas de ganancia por sobre el desierto. Los vinos que de ambas nacen, por lo tanto, tienen que ser diferentes.

Esa fue la premisa de una degustación que organizamos en Buenos Aires, hace unos días. Buscar diferencias entre ambas zonas, dos de las más importantes hoy en el panorama del Malbec argentino. Y para ello, le pedimos a las bodegas que nos enviaran muestras de Malbec crudas y jóvenes, todas de 2012, y que aún no entraran en barrica, es decir, lo más cercano a beber vinos sólo hechos de uvas; lo más cercano al lugar que podíamos estar.

aldos[1]A esta cata invitamos a un grupo de sommeliers, blogueros, enólogos, periodistas y consumidores, todos sentados en una larga mesa en Aldo’s Vinoteca, el wine bar y restaurant del sommelier Aldo Graziani, un lugar absolutamente dedicado al vino y que hoy por hoy es de lo más entretenido en la ciudad.

Y allí estábamos, comparando vinos de Sophenia, de Zorzal, de Catena, de Alto Las Hormigas, de Doña Paula, de Mendel, de Zaha, de Zuccardi y de Passionate Wines, tratando de encontrar esas diferencias que existen, claro. Existen en vinos que yo al menos he probado y que me parecen representativos de un lugar, con un claro sentido de origen. Pienso, por ejemplo, en el Achaval Ferrer Altamira o el Zorzal Malbec de Gualtallary. El primero, monolítico y potente, austero y firme. El segundo, más floral y tenso en acidez, con los taninos duros de su juventud y de sus suelos calcáreos. Eso es lo que yo sabía.

La degustación, sin embargo, nos dio otras claves. Nos confirmó, por ejemplo, que si bien eso de que Gualtallary, por su clima más fresco (debido a su mayor altura) ofrece vinos más tensos y florales, también tiene mucho que ver el suelo; que por mucho que venga de Gualtallary, si los suelos son arenosos (es decir, más cálidos, como arena de playa bajo el sol del desierto de Mendoza) el frescor propio del clima se pierde en la nube de alcohol. Y que el suelo, ante ese clima, importa más que nunca cuando, por ejemplo, uno compara un Malbec de Zorzal de suelos calcáreos en Gualtallary junto a un Zuccardi de suelos similares, pero esta vez de Altamira.

Y, por cierto, que la mano del que hace el vino también está presente. El Mendel, por ejemplo, tiene el sello de esos vinos amplios que hace Roberto de la Mota, esos vinos golosos que te llenan la boca de dulzor y que son –vale decirlo- de lo mejor en ese estilo. Matías Michelini, de Passionate Wine, juega otro juego. Sus Malbec son refrescante y tensos, dominados por una palabra que a él le intriga hace ya tiempo, la “verticalidad”, los vinos que ocupan más que los bordes, el centro del paladar.

Una de las cosas que me dieron vueltas en esta degustación fue la idea de ver trabajar a Michelini en Altamira y a De la Mota en Gualtallary; qué harían con esas uvas, que pasaría eventualmente con ese carácter que creo que tienen ambas zonas, que sucedería con el lado monolítico de Altamira en manos de Michelini; qué sucedería con la tensión eléctrica de Gualtallary en manos de De la Mota.

Todo esto me lleva a pensar en dos cosas. La primera es que, para muchos, la degustación, más que esclarecer las cosas, más que abrir puertas para entender las diferencias entre los dos lugares, lo que hizo fue aportar más nubes. Lo que yo aprendí, en cambio, es que el asunto sigue en un estado embrionario. El terruño mendocino sigue supeditado al estilo de quien lo interpreta.

Ojo. Mucho ojo. Esto no tiene nada de malo. Es un asunto de evolución. Imaginen Borgoña hace, no sé, doscientos o trescientos años. Los monjes cistercienses y benedictinos labrando la tierra, sin tener puta idea de que eso que ellos consideraban un muy buen lugar, gracias a su trabajo y al de sus hermanos que vendrían más tarde, se convertiría en decenas, centenas de pequeños viñedos, cada uno con su peculiaridad, cada uno con su punto de vista. “La austeridad, la verticalidad de La Tâche, versus la voluptuosidad, la redondez de la Romanée-Contí”, como alguna vez me lo describió Aubert de Vilaine, el responsable de esos vinos eternos en el Domaine de la Romanée-Conti, en Vosne Romanée, Borgoña.

Esos monjes no nacieron sabiendo. La sabiduría llegó con los siglos de trabajo. También llegará con los siglos de trabajo la identidad clara, no sólo de Gualtallary, sino que de las distintas zonas dentro de ese lugar. Y lo mismo sucederá con Altamira y con Casablanca y con Maipo y con Cauquenes, siempre y cuando no se nos ocurra construir edificios sobre esos terruños.

Mi esperanza, en lo que me resta de mi vida como periodista de vinos, sin embargo, es llegar a conocer la columna vertebral de Altamira y Gualtallary (y del Elqui, y de Río Negro y de Chubut y de Lo Abarca y tantos otros), de tener el privilegio de probar vinos cuyo autores han logrado reconocer al menos la esencia, la definición general, y luego interpretarla a su modo, mientras siguen el camino de la diferenciación, el camino borgoñón del “climat”. Espero llegar allí. Y vamos a seguir haciendo catas comparativas para apurar las cosas, para poder reportear las buenas nuevas. Si hay que resumir todo esto, pues ahí lo tienen. Borgoña. Barolo. Y todos los demás.

Y Pánico al amanecer. Cook ha escrito de esas novelitas que están para recordarte que la buena literatura, la de verdad, duele. Y te lo recuerdan con una bofetada; te lo recuerdan cada vez que tienes que cerrar el libro, de asco, de angustia. Pero luego lo abres y sigues el juego, atraído hacia esa luz como canguros encandilados por el foco del cazador, en medio de la noche, ingenuos ante lo que en realidad esa luz significa. Tienen que leerla. No les cuento más.

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