Cine vitivinícola – Resistencia(s)

Cámara en mano, Jonathan Nossiter recoge en ‘Mondovino’ el testimonio de los trabajadores de la viña. Los antihéroes deprimidos ahogan sus penas en vino y hacen turismo enológico, como en ‘Entre copas’

IMMA MERINO – 12/10/2005

En El vino y la leche, una de las mitologías que escribió a mediados de los años cincuenta, Roland Barthes afirma: “La nación francesa siente al vino como algo propio, del mismo modo que sus trescientas sesenta especies de queso y su cultura. Es una bebida tótem”. Barthes cita a Bachelard, para quién el estado básico del vino, siendo jugo de sol y de tierra, es lo seco, y por ello tiene al agua (lo húmedo) como sustancia mítica contraria. Pero añade que circunstancias históricas y económicas han convertido a la leche (que es cosmética: liga, recubre, restaura) en la sustancia contraria al vino, que transmuta a quién lo bebe. Ahora se podrían contraponer al vino otras bebidas reconstituyentes, pero retengamos que Barthes alude al hecho que, en algunos filmes norteamericanos, el héroe duro y ascético no siente repugnancia ante un vaso de leche antes de sacar su colt justiciero. Y también que concluye afirmando que hay mitos muy simpáticos sin ser inocentes: “El vino es una sustancia hermosa y buena, pero su producción participa sólidamente del capitalismo francés, ya sea el de los bodegueros o el de los grandes colonos argelinos que imponen al musulmán una cultura extraña en la misma tierra de la que se lo ha desposeído”.

Cincuenta años después que Barthes escribiera El vino y la leche,el consumo del vino ha disminuido sensiblemente en Francia (¿ha perdido su cualidad de bebida tótem?) y los productores afrontan una crisis también derivada de la reducción de la exportación. Mientras tanto, la producción y el consumo del vino se ha extendido (¿impuesto como una cultura extraña y una industria rentable?) a diversos lugares del planeta. De ello habla un documental realizado por Jonathan Nossiter, un cineasta norteamericano que, formado como sumiller en un restaurante de París, muestra a ciertos viticultores franceses como unos resistentes ante el capitalismo globalizador aplicado a la producción vitícola. El título del documental es Mondovino y, concebido como una serie televisiva, tiene una versión cinematográfica abreviada (aunque dura 135 minutos que pasan gustosamente) presentada el año pasado en Canes y que, aún pendiente de estreno en España, obtuvo una notable recepción a raíz de su distribución comercial en Francia. Con su cámara digital en mano, Nossiter recoge el testimonio de pequeños o medianos viticultores franceses (y también deun sardo, Battista Columbu, con un discurso ecologista) que filosofan sobre el vino como una sustancia ligada a la tierra mediterránea y portadora de una cultura. Como una sustancia mítica elaborada a partir de una transmisión cultural. Algunos, como Aimé Guibert, resistente del Languedoc que se opuso a que la empresa californiana Mondavi adquiriera terrenos en la zona, afirman que el vino (como el queso) está muerto. No por causas naturales. Lo han asesinado los grandes capitalistas de la industria vinícola que, desde California, han expandido la producción de vino a cualquier parte del mundo. Y más lo harán si la producción les sale más barata y los precios son más competitivos. ¿Democratización del vino o su mistificación? Lo que se plantea en el filme es si la globalización del vino comporta que, al margen de dónde se produzca, sus gustos se uniformicen: ¿Los vinos son mejores en todas partes, pero cada vez se parecen más? En esta situación, vinos redondos y espectaculares que seducen inmediatamente arrinconan a los que, en su rareza, exigen más tiempo para ser apreciados. De ahí que, también propagado desde los EstadosUnidos, vaya imponiéndose el criterio de la variedad (Cabernet, Chardonnay, Merlot…) al de la denominación de origen.

Habiendo sido acusado por ello de cierto maniqueísmo, Nossiter presenta a estos pequeños viticultores mediterráneos como los héroes de Mondovino. Apuntando el filme un jugoso retrato de familias, los villanos son representados por los Mondavi, californianos de origen italiano (y ahí está el padre fundador proyectando una sombra corleonesca) que han llegado a producir más de cien millones de botellas en el mundo: De Napa Valley a Chile, de Australia a la Toscana. Y también los banqueros y aristócratas florentinos (los Frescobaldi, los Antinori) que pactaron con un diablo crecido en California, adonde llegó (es el caso del padre del patriarca Robert Mondavi) como emigrante pobre. Luego está el traidor, el consiglieri enólogo Michel Rolland que, a partir de su laboratorio de Pomerol, se puso al servicio de la globalización del vino: reparte sus consejos avainillados (pues la vainilla es su toque especial) en viñedos de doce países, entre los cuales Argentina, Marruecos, Portugal e incluso India. Y también está Robert Parker, quién, mediante su revista Wine, se considera el impulsor de una revolución democrática en el mundo del vino con la que dice haber acabado con un sistema de castas dominado por elitistas y reaccionarios. Puede que así fuera en un principio, pero también que Parker haya abonado el nuevo imperio vitícola determinando los precios del mercado. Un imperio en el que Coca-Cola entró en los años 80, al adquirir Sterling Vineyards, que luego revendió en los 90 a Diageo, una compañía aún más internacional. En este imperio, en enero del año pasado y por tanto después del rodaje de Mondovino, los propios Mondavi fueron apartados de la gestión de su empresa (que había entrado en bolsa en 1993) por el consejo de administración de accionistas.

Jonathan Nossiter define así el vino californiano de los años setenta: provocativo, radical y lleno de energía. Añade que participaba del mismo deseo de experimentación de los filmes que entonces realizaban Cassavetes, Scorsese o Coppola, quién, no pudiendo realizar sus proyectos cinematográficos, ha convertido su propiedad vitícola de Napa Valley en un lugar de peregrinaje cinéfilo. Durante los reaganianos años ochenta, según Nossiter, el vino californiano se hizo más previsible. Elaborado con más dinero, pero sin alma, devino un gran negocio a imitación de Hollywood, que también renunció al riesgo (castigando o excluyendo a los cineastas aludidos, mientras empresas multinacionales se adueñaban de las productoras) para reafirmarse en la producción de filmes complacientes y comerciales. Hablando del vino, Nossiter también habla del cine, de manera que Michael Rolland seria un equivalente de Spielberg: Vino y cine para todos los gustos.

Estandarización del gusto. ¿Es posible la resistencia? ¿O la diferencia? A pesar de todo y de la sentencia de Aimé Guibert, aún hay vinos que permiten responder que sí. Hay películas como Mondovino que también.

Después de haberlo anunciado la televisión con la serie Falcon Crest, lo más lógico es que el vino californiano se hiciera visible en las producciones de Hollywood, un lugar de California. Hasta puede que, detrás del vino y de las películas, estén los mismos inversores. Así es que no hay cena especial sin vino (aunque bebido moderadamente) en un filme norteamericano. Puede imaginarse que si Hitchcock rodase ahora Encadenados, el uranio no estaría dentro de una botella de reserva francés, sino de un cotizado caldo californiano. Si bebieran los héroes, si ahora los hay, puede que antes bebiesen vino que leche o, por supuesto, whisky. En cualquier caso, los antihéroes deprimidos hacen turismo enológico ahogando sus penas en vino, como sucede en Entre copas (Sideways, Payne, 2004), uno de esos filmes norteamericanos ahora vendidos como independientes.

En los años 50, un emigrante santanderino abrió en Los Ángeles un restaurante llamado La Scala que atrajo a las estrellas de Hollywood de la época. Su nombre era Ceferino Carrión, pero quiso llamarse Jean Leon. A principios de los años sesenta, se deci
dió a producir vino en Pla-Torrelavit (Penedès) introduciendo en la zona variedades como el cabernet sauvignon y el chardonnay. Pasados los años, la revista de Robert Parker calificó el reserva Jean Leon de 1983 como uno de los mejores diez vinos del mundo. Si se hubiera convertido más tarde en viticultor, ¿habría producido en California? Es posible. Sobre la vida de película de Jean Leon, Agustí Vila ha rodado un documental. El productor Loris Omedes, que fue a Los Ángeles con Balseros, se lo propuso. Le dio veinte euros para que comprase una botella de Jean Leon y meditase sobre su oferta. Al parecer, el vino le hizo decir que sí. Pronto degustaremos su película.

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