Cuando un vino emociona…

10/05/12
Fuente: Detrás del Vino Blog | Francisco Javier Muñiz.

Valle de UcoMuchas veces sentimos cuando tomamos un vino que algo detrás de él nos toca un pedacito del alma. Es como que nos da una sensación de satisfacción, no deja en un lugar de ensueño. Casi en un estado de clímax total. Como si estuviéramos rodeados de ángeles. Esto solo lo logra el vino. Porque el vino oculta dentro de su ser miles y miles de sentimientos encontrados. Guarda el amor con que son tratadas las uvas al momento de la cosecha o el dolor de sufrir la helada o el granizo, mientras todavia cuelga como una flor o un racimo, de la verde parra. El vino nos demuestra en un sorbo como fue cuidado mientras dormía en sus cálidas barricas, nos cuenta como lo trato su padre; el enólogo; mientras crecía en la bodega. El vino es una bebida que es un cúmulo de sensaciones juntas, unidas para que cuando lo bebamos logremos sentir su vida y su historia.

El vino nos lleva a lugares insospechados, logra que demos un paseo a nuestro ser interno, nos trae recuerdos que guardábamos en algún lugar de nuestra memoria. Hace que sentidos como el olfato, el gusto y el tacto se vuelvan en nuestras principales fuentes de memoria.

El vino es una bebida bella que siempre atrae amigos a su alrededor, que siempre acompaña una mesa llena de amistad y alegría. El vino siempre esta rodeado de buena gente (por lo menos eso es lo que yo quiero creer) gente de trabajo, esos amigos que tal vez todo el día anden con preocupaciones pero tienen un vino en su mesa son felices.

El vino nos hace viajar a sus paisajes, como cuando tomamos un vino de Valle de Uco y sentimos esa frescura de sus noches, ese potencial de las piedras que yacen en la cordillera más pura e impactante de toda la Argentina. Porque los que conocen no me podrán negar que detenerse a mirar la cordillera en la ruta 89 (si la de las bodegas) no es impresionante y único. Pero también nos puede hacer conocer paisajes maravillosos como un Cafayate primaveral lleva de flores y colores cada vez que tomamos un Torrontés o la naturaleza mágica que acompaña a los vientos de nuestra única Patagonia cuando probamos un Pinot Noir de Neuquén o Río Negro. A mi muchas veces los Malbec de Lujan y Maipú me llevaron  a las tardes cálidas de verano en una finca del este mendocino llena de ciruelas, duraznos y uvas en la que pase mucho tiempo. Sintiendo los aromas a esas ciruelas que se ponían en las viejas paseras y durante días llenaban el aire que nos rodeaba de preciosos olores dulces. Seguramente algún vino los ha hecho viajar en sus sueños al mismo momento que lo beben, casi como soñar despierto colgado del mundo y del momento que nos rodean.

Creo que por todo lo que les conté mediantes estas palabras logre explicar porque un vino emociona. Es simple porque nos llena la memoria y el alma de buenos momentos.

Estas letras son para todos los que hacen esos Vinos que nos emocionan y además a 3 personas que no hacen vino pero nos llenan el alma cada vez que los escuchamos o los leemos cuando hablan sobre vino. Para Jose, Maya y Nati embajadores de las emociones del vino. Disfruten!!!

 

Francisco Javier Muñiz

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