Del infierno a la distinción

ANDRÉS HISPANO – 12/10/2005

El vino ha estado castigado por una fatal iconografía que le ha hecho culpable de casi todo. No ha faltado nunca en buenas nas mesas y poemas, pero su imagen insiste en mostrarlo como un atajo al infierno. Salvando las representaciones de la última cena y los pasquines publicitarios, el vino aparece en grabados, pinturas y películas vinculado a escenas de abandono, miseria y debilidad de carácter. En los mejores casos, las copas de vino aparecen estimulando la lujuria y celebrando los placeres terrenales. Su mala fama tenía algunas razones de peso. Tradicionalmente, en el vino se deposita el veneno: la cicuta que acabó con Sócrates o las copas traicioneras servidas por Agripina o Lucrecia Borgia.

Con el mismo mal vino se apaciguaba la rabia de los trabajadores y encendía la de los combatientes. El alcoholismo, caballo de batalla de moralistas del XIX y XX, tenía en el vino su objetivo idóneo: accesible, embriagador y popular como ninguna otra bebida alcohólica. En las pantallas de cine, vino y derivados aparecen ligados a numerosos borrachos que encarnaban indistintamente al vicioso (Fatty Arbuckle), al marginado (´Boudu sauvé des eaux´. Renoir, 1932) o al caído en desgracia (´Der Letzte Mann´. Murnau, 1924). Aún más, el vino es demonizado de forma simbólica en filmes como ´Notorius´ (Hitchcock, 1946) o ´The Secret of Santa Vittoria´ (Kramer, 1969), que hacen de él, de la silueta de sus botellas, una amenaza colectiva.

El vino gana en las pantallas prestigio conforme se le vincula a la tierra, al viñedo, al urbanita capaz de reconquistar el campo sin renunciar a la etiqueta, armado de enólogos, laboratorios, descapotables y vestimenta sport. En dos palabras: ´Falcon Crest´. Hoy cuesta recordarlo, pero en 1981 la serie causó estupor, con los americanos apropiándose de un paisaje y una mitología considerados exlcusivamente mediterráneos. Los únicos viñedos de los que teníamos referencia en California eran los del amargo espejismo descrito en ´Las uvas de la ira´ por Steinbeck. No pasa nada, a fin de cuentas la América de ´Chesterfield´ es un pesebre vivo gracias a la imaginación de europeos como Fritz Lang, Charles Laughton, Johnny Halliday, Sergio Leone, Wim Wenders o Ridley Scott. La distancia favorece el boceto de tópicos.

Desde entonces, el viñedo aparece en series y películas norteamericanas como sueño de un retiro dorado y consecución de una meta new-age, capaz de reconciliarnos con la madre tierra y de paso sentar las raíces de una saga, prometiendo a su dueño un imposible escudo heráldico (´French Kiss´ Kasdan, 1995).

Resulta curioso que en la imaginación europea ´vino´ haya significado ´botella de vino´ por más tiempo que en la americana, que ha explotado la idea del ´vino´ como jugosa propiedad capaz de conjugar familia, agricultura, industria arte (´A Walk in the Clouds´. Arau, 1995). Sin olvidar el matiz aristocrático que otorga hasta la más pequeña explotación, claro. En algunas cintas europeas, como en ´Shallow Grave´ (Boyle Boyle, 1994), la botella de vino aparece en la mesa como signo de modernidad almodovariana, junto a paredes coloridas y muebles de diseño. El vino pasa en los noventa a ser un elemento de distinción del yuppy autodidacta. Se puede aprender a apreciarlo por mucho menos de lo que requierere entender de arte, economía y hasta deporte. Es lo único en común que tienen los protagonistas de ´Il Gattopardo´ (Visconti, 1963) y Hannibal Lecter.

A pesar del tetrabrick, el vino pierde en la pasada década el aura casposa y maldita que todavía le unía al vagabundo, al accidente laboral, al menú con gaseosa y al borrachín de farola. La botella de vino se sacraliza, se regala, correción política y la sensación de que nada na-da nos sobrevivirá. Es así como los viñedos salvan al vino de la mala fama que copas y botellas le proporcionaron.

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