El vino y la vida

05/03/14
Fuente: Vinarquía | Ariel Rodríguez.

vinoyvida01+%5Bvinarquia.blogspot.com.ar%5D[1]Hasta el hartazgo nos han repetido que los vinos son organismos vivos, porque una vez que nacen, se desarrollan hasta morir. En esa evolución de su vida líquida sufren cambios, crecen y a veces degeneran. Nuestras vidas, no distan mucho de esto.
Hace un mes ya, nació nuestro primer hijo. Yo tenía guardado un vino para celebrar ese momento, un Gran Enemigo 2008. La anécdota cuenta que Alejandro Vigil, su enólogo creador, le puso ese nombre por el nacimiento de su hijo. Tal vez sí, tal vez no. Yo a los escritores y a los enólogos no les creo nada, porque inventan, hacen volar historias e ideas y las encierran, unos en un libro, otros en una botella. En definitiva, lo que importa es el mensaje.

Somos un armónico conjunto de órganos y sentimientos; pelos y gritos; luchas y sueños; errores y panes a medio cocer. Somos complejos, únicos, innegablemente hermosos. Por eso no podemos definir a los seres humanos. Como con los vinos, cualquier descripción es limitada y subjetiva. Y si lo lograra, vistas desde lejos todas las descripciones se parecerían.
Un vino no alcanzó y empecé a descorchar más. Al Gran Enemigo, le siguieron dos Bonarda, Caliche Bonarda 2011 y Cara Sur Bonarda 2012. Y a ellos le siguieron los espumosos, Margot Extra Brut y Cruzat Cuvée Réserve Extra Brut.

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Como la vida, todos eran complejos, únicos. Vinos que saben a origen, a terruño, a esfuerzo humano. Conozco las historias de quienes los hacen, desde dónde vienen, cuántas millas han remado y por eso estoy seguro de lo último.
Nosotros somos iguales. Somos identidad, terruño, crianza y esfuerzo. También tenemos defectos y errores, porque no podemos ser perfectos. No creo en los vinos perfectos. De hecho, uno ellos, tenía un sutil defecto que lo volvía más mundano, sin tantas medallas y menciones.
Y los descorches no terminaron, lo sigo haciendo cada día desde hace un mes y lo seguiré haciendo hasta que la última célula de mi cuerpo deje de funcionar. Quiero brindar cada día por mi hijo, esa extensión de uno, tan independiente y tan uno. Como le escribió José Martí a su hijo en el Ismaelillo: «Espantado de todo me refugio en ti. Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti. Si alguien te dice que estas páginas se parecen a otras páginas, diles que te amo demasiado para profanarte así.»

Espero no aburrir, porque aunque parezca que hablo de mí y de los míos, estoy hablando de vinos. De lo que son los vinos auténticos, tan difíciles de describir que las notas de cata no les hacen justicia. Vinos que tienen eso que llamamos mineral, aunque no podamos definirlo, vinos que cautivan más allá de las palabras. Esa amalgama de aromas y el placer de comprenderlos no se transmite en un par de líneas. La textura, el sabor, el efecto reparador y de goce al tragarlo no pueden llegarnos a través de las palabras. La vida hay que vivirla. Pueden narrarla, pero hay que vivirla.
Como siempre, el poeta es quien mejor define las cosas indescifrables, esas para las que nuestra expresión es limitada. Y ni siquiera son infalibles, no hay un poema definitivo que condense la vida y su complejidad. Allí está el Si de Rudyard Kipling, las Hojas de hierba de Walt Whitman, la poesía combativa y tierna de Benedetti, los poetas malditos de todas la épocas y ninguno lo logra. Por eso creo que la literatura y el vino comparten un mismo anhelo de búsqueda. La literatura y el vino son como la vida, así de insondables.
Tal vez haya algo en esta Oda a la vida de Pablo Neruda que se acerque a lo que estamos hablando:

Vida,
eres
una máquina plena,
felicidad, sonido
de tormenta, ternura
de aceite delicado.

Vida,
eres como una viña:
atesoras la luz y la repartes
transformada en racimo.

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