Exportaciones y competencia

04/05/13
Fuente: Diario Los Andes | Fincas | Ricardo Santos – Bodeguero.

Desde los finales de la década de los ‘70 se comenzó en Mendoza a trabajar el vino de otra manera. Vimos lo que el mundo exigía y nos preparamos para ofrecerlo pero con características regionales que tenían como base indiscutida la uva Malbec y los vinos que de ella lográbamos.

Ese esfuerzo se vio recompensado por la aceptación de amantes del vino en muchos países, el reconocimiento de la crítica y el desembarco de muchos bodegueros y enólogos llegados de Europa y América que aceptaron que ellos podían acompañar a lo que se estaba logrando.

Primero con cierto temor y luego con optimismo en aumento, las exportaciones fueron ubicando nuestros vinos en los lugares más exigentes; no fue fácil ya que en muchos casos había que explicar, con el mapa en la mano, la ubicación de Mendoza. Afortunadamente la mayoría tenía conocimientos, o meras nociones, de la ubicación de la Argentina.

En Europa como en Estados Unidos y Canadá, la referencia argentina “Tango y Maradona”, pasó a ser “Tango y Malbec”, cambio que se produjo mucho más rápido que las expectativas más optimistas que podíamos tener.

En este momento en el que el crecimiento estaba dado por trabajos en incrementar la calidad y los volúmenes, calidad que en ningún momento dio paso a tentaciones fáciles y rápidas, algo vino a empañar lo que estábamos haciendo: serias dificultades para poder mantener nuestros vinos en esos mercados tan exigentes.

Desgraciadamente, no ha sido por descuidos ni por apetencias que esas dificultades se han ido incrementando; decisiones en política económica han logrado que nuestros costos no estén acompañados por una relación del peso con otras monedas internacionales y nos obligan a aumentar nuestros precios de exportación cuando por la crisis que viven algunos países europeos sus vinos están siendo puestos a valores en baja.

Los importadores de ninguna manera aceptan nuestros pedidos de aumentos y estamos ya perdiendo mercados cuando marcas de precios que fueron muy competitivos en su relación con su calidad no pueden seguir exportando.

La desazón a la que esta situación nos ha llevado es mayor cuando vemos que nada podemos hacer contra un Estado que, buscando beneficios por otros caminos, usa nuestros vinos como moneda de cambio. Estamos a punto de reconocer que todo el esfuerzo que la producción del vino argentino ha puesto se perderá en poco tiempo más.

Tengamos presente que nuestra competencia no es hoy la bodega de la vereda de enfrente; nuestra competencia es Chile, Sudáfrica, Australia, Bulgaria, Rumania y otros países que ya se preparan para copar los mercados que supimos lograr. Y un mercado perdido ante la competencia es muy difícil recuperar.

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