Ganamos en El Calafate

wl_wish_list[1]¡Boinas! Chichipíos. ¿Cómo os va? ¿Cómo os sentéis?

Hoy salió atípico, sin vinos (que sí deguste, en cantidad, con tela marinera y todo, pero no para hoy), sobre gustos, negaciones, opciones y elecciones.

El domingo Huracán no salió campeón, es una pena. Porque nuevamente vamos a tener que escuchar la misma cantinela: que se juega lindo, que no se gana, que las finales se hicieron para ganar, que a los líricos no les importa ganar, etc.…

Y encima, nunca falta el idiota útil que dice “para ellos ganar o perder da igual, están por sobre el resultado”. Contrasentido total.

Si un técnico convence a 11 tipos de tomar menos recaudos defensivos en pos de atacar con más jugadores, tocando de lado a lado esperando la distracción del rival para ahí meter un pase entre líneas y definir frente al arquero, si se toman todas estas molestias, por que otro motivo lo harían que no sea para ganar?
Jugar al fútbol y no querer ganar es como morder, masticar y escupir.

¿Cuál es el fin máximo de un vino? Parece una pregunta tonta pero no lo es. ¿Que se venda? ¿Que se tome? ¿Que se guarde? ¿Que se recomiende? ¿Que Parker le de 99 puntos? ¿Que un determinado sector socio-económico lo compre?

La verdad, no se. Es muy subjetivo. Lo lógico sería decir “para tomar”. Ok, vale, y entonces, ¿por qué las etiquetas? ¿Para saber qué se esta tomando? Ok, vale, entonces ¿por qué dos vinos elaborados de misma manera y forma, mismo año, mismo cepaje y zona productora, con distintas etiquetas se venden en distintos volúmenes? ¿por qué hay “un público” para un vino y “otro público” para otro?

Charlando sobre estos temas, tan intrascendentes para el IDH de los países subdesarrollados, con un ingeniero ex director de marketing le dije “me duele la gente que compra vino por la imagen de este en contra de su propio gusto. Pero me da pena la gente que ni siquiera lo conoce o está interesada en descubrirlo. ¿Cómo, con qué llenan tanta insatisfacción autogenerada?”

A Pepinho Carvalho lo enfurecía la respuesta “¿para comer? Me da igual, cualquier cosita.”
Y Pepe sabía del tema…

Quizás hayan tantos motivos que influyan en la compra de un vino como compradores. Quizás muchos de ellos sean muy distintos. Quizás, justamente esto sea lo maravilloso del mundo del vino, que es infinito. Y quizás esto mismo, por ser inmensurable, nos confunda.

El otro día escuche a un enólogo decir la palabra «soñar». Hacia tiempo y allá lejos la ultima vez.

Cuando abro un vino, me motiva que el vino acompañe el momento, eso me da felicidad. Y llego a esto porque intento conocerme y conocer mi gusto.

Pero llegue a esto después de mucho oler, y mucho beber.

Tratar de entender un vino (ah! Ese aroma que me recuerda a la cucharada de Novalgina a las 3 a.m. cuando era pibito, son violetas. Por eso me gusta la Bonarda) es sólo una parte. La otra (y a mi juicio no sólo más importante, si no también sinérgica) es conocerse a uno mismo. ¿Me gusta? ¿No me gusta? ¿Por qué no me gusta? ¿Qué le falta con respecto a los vinos que me gustan? ¿O qué le sobra? ¿En qué se diferencia de estos? ¿Por qué nada me gusta?

Conocerse a si mismo a través de conocer un vino puede sonar a zapatos de goma.
Conocerse a si mismo puede sonar a Tip nº 4 de la revista OH LA LA!
Conocerse a si mismo puede ser el principio de la felicidad y la satisfacción.
Conocerse a si mismo puede ser devastador.

Si Huracán hubiera salido campeón, todos compraríamos el vino que nos gusta.
El Malbec sabría a frutas frescas.
El Torrontés sería floralmente voluminoso y frutalmente desmedido.

A veces me pregunto si la negación del propio deseo no es la manera más estúpidamente heroica de la honestidad, consecuencia y obsecuencia con ese deseo.
Probablemente no sea más que negación.

Perdimos por un poquito.

Leo Dal Maso

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