Hervé Birnie-Scott: siempre tuve el deseo de volver

02/08/09
Fuente: Diario Uno | Verónica Oyanart | Foto: Uno.

HerbéHervé Birnie-Scott (44), el actual director de Bodegas Chandon en Mendoza, nació en las afueras de París y creció en el Valle de Loire. Trabajó en los viñedos de Napa Valley y también en Australia. Por recomendación del ejecutivo francés Jean-Pierre Thibaud llegó a nuestra provincia muy joven, en 1991, y dirigió Chandon Mendoza durante más de una década. Pero estas tierras no serían un destino más de los muchos en los que este enólogo e ingeniero agrónomo supo recalar a lo largo de su carrera en el mundo vitivinícola.

Aquí se enamoró de una agrónoma mendocina, Eloísa Monneret De Villars, con quien se casó hace ya 15 años y tiene cuatro hijos varones. Como parte de su trayectoria, el profesional supervisó las bodegas de la firma en Brasil, California, España y Australia; dirigió Moët Chandon en La Champagne , y en París estuvo a cargo del grupo Moët Hennessy mundial. No obstante –confiesa– siempre tuvo el deseo de volver a vivir a Mendoza. Así lo hizo. Amabilísimo y de risa fácil, el galo nos recibió en Agrelo, Luján de Cuyo, donde está la bodega que pertenece al grupo Moët Hennessy Argentina, que integra, a su vez, el grupo mundial de productos de lujo LVMH (Louis Vuitton Moët Hennessy).

–Podría decirse que ya es un viejo conocido de Chandon en Mendoza. Ha vivido diferentes etapas aquí…

–Sí, es verdad. Aunque yo preferiría decir conocido, no viejo (ríe, por su broma en alusión a la edad).

–¿Cuándo llegó por primera vez a la Argentina?
–En agosto del ’91. Estuve aquí más de 10 años. Fue una etapa fantástica. Me fui a Francia en abril de 2002.

–¿Qué lo llevó a recalar en nuestro país?
–Ésa es una larga historia. Después de recibirme de ingeniero agrónomo y enólogo en el ’89, enseguida empecé a trabajar con un grupo americano que tenía dos bodegas en Napa Valley y una en Australia. Era un joven técnico y trabajé durante cinco cosechas, tanto en el hemisferio Norte como en el hemisferio Sur. Es decir, dos años y medio. Luego, con la primera guerra de Irak en el ’91, el gobierno de EE.UU. se puso mucho más duro para renovar las visas de trabajo. Y la empresa donde trabajaba tuvo que emprender acciones con abogados. Era difícil justificar el hecho de volver a darme la visa y había que armar todo un legajo, lo que tomaba hasta ocho meses. Yo estaba en Francia y me contactó un amigo para trabajar en Moët Chandon. No estaba muy interesado, porque tenía mi departamento en Napa Valley, pero mantuve un par de entrevistas. Al cabo de tres meses de un proceso de selección, fui escogido. Querían rápido una respuesta. Tenía 26 años y a esa edad la vida es un poco ir adonde te lleva el viento. Por otra parte, en Francia tenía también otra propuesta de trabajo. No estaba seguro sobre qué hacer y al momento de decidirme me encontré en Francia con Jean-Pierre Thibaud.

–Él fue presidente de Bodegas Chandon en Argentina…

–Sí, y también fue director general de Loma Negra, de Acindar, creó Conarco, fue subsecretario de Minas, de Energía, trabajó para el Banco Mundial… un hombre excepcional con una trayectoria impresionante. Por entonces él tenía alrededor de 64 años, mejor dicho, era un joven de 64 años. Yo iba a entrar en Moët Chandon Francia, pero Thibaud estaba buscando un agrónomo para emprender trabajos en la Argentina. Él me habló de este país, del que yo no conocía nada. Me contó de su visión, de su sueño y de lo que realmente era la Argentina. Porque en el ’91, en Francia, no se sabía casi nada de acá. No había internet, sino sólo un poco de información que hablaba todavía de la inflación, de una economía sumamente inestable, de una democracia muy joven posproceso militar.

–Ante esas referencias se necesitaba mucho arrojo para animarse a venir…

–Sí. Pero Thibaud, que tenía una visión más amplia, me habló de un país refinado, con historia, con cultura, con matices europeos y un potencial increíble en la vitivinicultura. Y después de una charla de dos horas, de golpe decidí seguirlo. Me convenció su entusiasmo.

–¿Cuando llegó sintió que no se había equivocado en seguirlo?
–Lo primero que me encantó fue la montaña, la cordillera, era invierno y estaba blanca. Además del trabajo, me gustó el modo de vida. Noté también que había mucha gente interesada en la cultura francesa. Me sorprendió encontrar a tantas personas que hablan francés.

–¿En qué consistía el trabajo aquí?
–Thibaud me propuso crear nuevos vinos, varietales. Yo debía tratar de producir los mejores Malbec, Syrah, Cabernet… de Argentina. Entonces, como parte de mi trabajo en Chandon, tuve la suerte de crear la bodega Terrazas de los Andes. Fue una aventura fantástica, porque tenía carta blanca para producir estos vinos, seleccionar los viñedos, conducir todo como quisiera. Venía de trabajar así, porque era lo que hacía todo el tiempo en California y en Australia. Aquí era director de la bodega Chandon en Mendoza y luego supervisaba, como director operativo, las otras bodegas de Chandon en el mundo, que en esa época eran las de Brasil, California, España y Australia. A inicios del 2002 me fui a dirigir la bodega Moët Chandon en Francia, en La Champagne. Por cinco años me encargué de todas las operaciones de la bodega y luego, durante dos años, estuve en París a cargo del grupo Moët Hennessy mundial, es decir no sólo de los champagnes, sino también de los coñacs, whiskies, vinos y vodkas. Permanecí ese tiempo porque quería cumplir con la misión, pero claramente siempre tuve el deseo de volver a la Argentina. Aquí viví una excelente experiencia, hay mucho potencial y especialmente quería regresar a nivel personal, porque mi esposa es mendocina.

–El vínculo con Mendoza excede lo laboral, los afectos lo unen indefectiblemente a este lugar…

–La Champagne y París fueron experiencias buenísimas, muy fuertes, pero cuando te proyectás a largo plazo y buscas un equilibrio entre pasión profesional, entorno de trabajo y bienestar familiar, hay cosas que después de un tiempo son obvias. Era el momento para venir y eso es algo que no tiene plazo. Será lo que será.
Guardián de “la joya de la corona”

–¿Qué cambios vienen aparejados al remplazo del nombre corporativo, que ya no es Chandon sino Moët Hennessy Argentina, y a la partida de Margareth Henríquez?
–Son dos cosas totalmente independientes. Magui tuvo una etapa relativamente larga en Argentina (llegó en el 2001) y obviamente obtuvo logros aquí. Se fue por una promoción interna, en la que se le dio la posibilidad de trabajar con un champán de altísimo nivel, ultrapremium, que se llama Krug y se vende desde 100 dólares en adelante la botella. En cuanto al cambio de nombre, la idea fue tener un nombre de corporación que represente un poco mejor la propuesta de nuestro grupo en Argentina hoy.

–El cambio llamó la atención, porque Chandon es un nombre que está muy incorporado en la gente en Argentina…

–Es verdad. Pero creo que somos Chandon tanto como antes o más. Chandon es la joya de la corona, es lo que nos hizo instalarnos en Argentina hace 50 años, crecer, y es también nuestro futuro. No hay que confundir la fuerza de la marca con la institución. En ese sentido el grupo, que es mundial, tiene varias marcas fuertes: Chandon, Barón B, Valmont, Terrazas, Latitud 33º, Dom Perignon, Veuve Clicquot, Moët & Chandon, entre otras. El propósito no es para nada restarle importancia a Chandon. Al contrario, Moët Hennessy Argentina es un grupo de lujo que es dueño (en el caso de las marcas argentinas) o tiene que distribuir (en el caso de las marcas importadas) un gran portfolio y, como corporación, era un poco ambiguo cuando aquí se llamaba Bodegas Chandon. Para presentarnos en sociedad el nombre era un tanto reductor. Entonces, si pertenecemos a un grupo que es Moët Hennessy en el mundo, qué mejor que presentarnos como Moët Hennessy Argentina. Esto no debilita a Chandon, que es un ícono aquí, sino que nos permite darle más fuerza como marca.

–Tuvo que salir a desmentir que la empresa iba a desprenderse de sus vinos “tranquilos”. ¿A qué cree que se debieron estas versiones?
–Yo creo que fueron interpretaciones erradas que se hicieron a raíz del cambio de nombre, y que se sumaron a nuestra voluntad de enfocarnos mucho en el champán. Por eso creyeron que íbamos a dejar de lado los vinos, pero no es así.

–Ha afirmado que “el mundo bebe menos ‘burbuja’” …
–Sucede con las “burbujas”, los espumantes caros. Cuando hay una recesión, una contracción de la riqueza mundial, como se vive ahora. Hay momentos en que la gente tiene más posibilidades y ganas de festejar que en otros. Si analizamos las curvas de ventas del champán en los últimos 60 años, siguen la curva de la bolsa, con mayores o menores oscilaciones según las diferentes fuerzas de marca. Sin embargo, no hay que olvidar que hay son ciclos económicos mundiales y que debemos contarlos en décadas, no en años y, menos aún en meses. Cuando, por ejemplo, se planta un viñedo para Dom Perignon, éste tiene que durar 40 años. Y cuando se embotella ese champán se puede vender recién siete años después. ¿Si eso no es un acto de fe, qué es? Uno no puede hacer ésto pensando en la tendencia de la bolsa de ayer. En Mendoza vamos a seguir plantando, porque aquí hay ventajas climáticas, cualitativas, sumadas a la imagen de Argentina afuera. Hoy es el momento de invertir para cosechar dentro de dos a cuatro años, cuando todo esto haya pasado.

–Menciona lo climático. Recientemente el gerente de Salentein decía que los viñedos en altura nos posicionan mejor en relación con otros en el mundo, más amenazados por el calentamiento global…
–Sí, pero aquí hay dos lecturas posibles. Estamos en altura, incluso nosotros plantamos el viñedo más alto de Mendoza, a 1.500 metros, justo frente al Cordón del Plata. Hay zonas más calurosas como San Juan, La Rioja o el Este mendocino, que ya sufre de temperatura alta. Y, afuera, están los viñedos del Sur de Francia, de España, que padecen sequía. Puede ser entonces que estemos mejor que otros, pero quizás estemos más en peligro también. Porque aquí la fuente de vida es el agua de los glaciares de la cordillera, que están retrocediendo en forma brutal. Nuestro ecosistema está expuesto. El medioambiente es más importante que las oscilaciones económicas. Lo único que en definitiva cuenta es qué mundo vamos a dejar a las próximas generaciones.
Personal

Edad: 44 años
Lugar de nacimiento: Francia
Estudios: ingeniero agrónomo y enólogo egresado de “la Escuela Nacional Superior de Enología de Montpellier, que es probablemente la más famosa del mundo”, explica.

Estado civil: casado desde 1994 con la mendocina Eloísa Beatriz Monneret De Villars. “La conocí aquí, en la bodega. Es agrónoma y enóloga. Trabajó una temporada conmigo y la pasión por el vino dejó lugar también a otra pasión. Ahora no está en la empresa. Tengo un principio básico: no trabajar con mi esposa. Porque hay parejas que lo hacen y terminan llevando los problemas o la euforia del trabajo a la casa”, sostiene.

Hijos: Yann (13), “que significa Juan en celta”; Santiago (10); Julián (8) y Jean-Pierre (2).

Ascendencia: “Mi madre y mi padre son farmacéuticos. Además de vivir en una zona vitivinícola de Francia, mi padre es un gran amante de los vinos. Tiene una colección impresionante, es el lugar más venerado de la casa. Hemos compartido muchas horas allí”.

Cosechador: “Trabajé en la cosecha cuando tenía 13, 14 años para ganar dinero durante el verano. Fue algo que me marcó”.

Idioma: “Había estudiado inglés y alemán. Cuando llegué no sabía nada
de español. Compré un método de esos que leés en el avión. Mis colegas y amigos mendocinos me tuvieron mucha paciencia, aunque se mataban de risa por mi manera de hablar. Tardé tres meses para dejar de hacer papelones sistemáticos, seis para hablar casi normalmente y un año para entender los chistes –ríe– . El idioma materno de mis hijos es el castellano”.

Tiempo libre: “Mi pasión es la montaña. Disfruto de esquiar y de escalar. Subí el cerro Aconcagua dos veces. Además, íbamos al río a hacer rafting con mis amigos Betancourt, en el segundo gomón que hubo aquí en la provincia de Mendoza”, cuenta durante la entrevista.

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