La cultura del vino, luces y sombras

Sin título-107/03/09
Fuente: Diario Los Andes.

La cultura de la vid y del vino fue históricamente en Mendoza un ámbito en el que la mayoría de los participantes compartían una actividad noble, arraigada en hábitos austeros y sencillos. Hoy la industria vitivinícola se ha modernizado fenomenalmente, pero quizá precisamente por eso sea necesario recuperar los antiguos valores para que el crecimiento sea compartido por todos. Como cada año, esta fecha de festejos vendimiales es ocasión oportuna para trazar, aunque sea de manera muy sintética, un cuadro de situación de la vitivinicultura argentina. Sin duda que nos encontramos ante una realidad muy distinta a la de algunas décadas atrás y -aunque con el mismo nombre- lo que hay dentro es diferente y mejor.

En las dos décadas que lleva esa transformación, se ha conformado una verdadera vitivinicultura nacional, en el sentido que desde Salta a Neuquén las características que definen la actividad son similares.

En resumen, se trata de viñedos de variedades de alta calidad enológica, con cuidados culturales para producir las mejores uvas posibles, base de los vinos que sobresalen en el mundo.

Este común denominador, compartido por la inmensa mayoría de los participantes en la industria y las actividades vinculadas, constituye una de las fortalezas más importantes de la actividad vitivinícola.

Hoy en el país hay 225.000 hectáreas cultivadas, el 60% de variedades de alta calidad enológica y unas 1.300 bodegas habilitadas.

La transformación producida en todas las etapas productivas del sector, ha posibilitado la inserción en los mercados internacionales tanto de los vinos, como del jugo concentrado de uva.

Sin duda son las exportaciones el indicador más elocuente del acierto del camino seguido. En el año recién finalizado se han exportado productos vitivinícolas por 850 millones de dólares, de los cuales 630 millones corresponden a vinos y 220 a jugo concentrado.

En volumen, las exportaciones de ambos productos equiparan al consumo interno, es decir que la industria exporta la mitad de lo que produce.

Frente a esta realidad positiva de las exportaciones, el consumo interno de vino per cápita sigue disminuyendo. Aunque si bien menos que años atrás, la tendencia persiste a pesar de los esfuerzos realizados en materia de promoción del consumo.

Debe destacarse que la composición del consumo interno se ha ido modificando en favor de los vinos de mayor calidad y precio, lo cual de algún modo compensa los menores volúmenes.

Es necesario tener en cuenta que esta tendencia es semejante en todos los países de larga tradición de consumo de vinos y que este producto libra una lucha desigual con una variedad de bebidas sustitutas.

Pero así como brillan las luces de la calidad y las exportaciones, hay también sombras en la actividad, algunas de larga data, que es necesario superar.

Una de ellas es que tanto el mercado de uvas como el de vino de traslado y mosto sulfitado son inestables y poco transparentes.

Estos aspectos están potenciados en esta vendimia por la lógica incertidumbre existente en torno al impacto de la crisis económica mundial, tanto sobre el mercado internacional como sobre el mercado interno. La consecuencia de ello es que las primeras señales de precios de las uvas están mostrando valores nominales similares o inferiores a los del año pasado, aun con una cosecha prevista menor.

Debe tenerse en cuenta, además, que los productores han afrontado la inflación de costos y, por lo tanto, es comprensible el malestar existente, aunque no se pueda culpar a alguien en particular sobre la situación.

La escasa transparencia es consecuencia de la reconocida pobreza en materia de información estadística. En algunos casos, incluso, la existencia de información asimétrica. Unos tienen información y otros no.

Al respecto es valorable el esfuerzo que está realizando actualmente el INV para superar este viejo problema, elaborando nueva información y poniéndola a disposición de todos los interesados. Con el avance realizado por el organismo oficial, los distintos participantes en los mercados deben hacer lo suyo para que estos funcionen mejor.

El otro sector en sombras es el de la industria del mosto. A pesar del tiempo transcurrido de la vigencia del acuerdo interprovincial que obliga a destinar anualmente un porcentaje de las uvas a elaborar mosto, esta actividad dista de haber logrado organizar una cadena de valor integrada. Por el lado de la producción no se ha avanzado en constituir un conjunto de productores con variedades y rendimientos, que hagan eficiente y rentable la actividad.

La dispersión de productividad entre ellos es muy grande, con extremos de alta rentabilidad y otros que trabajan a pérdida. El hecho de ser el mosto un commodity facilita la concentración de las empresas exportadoras. Las políticas de intervención de los gobiernos no han logrado resultados satisfactorios. Éste es un tema pendiente que debe ser abordado con un programa coherente y factible.

Finalmente nos parece necesario reflexionar sobre una especie de brecha, que se hace cada vez más grande, entre un grupo de actividades relacionadas directa o indirectamente con la vitivinicultura, llenas de sofisticación y con no poca dosis de snobismo y la base de la pirámide del sector, compuesta de trabajadores, empleados, productores.

No se trata de un asunto puramente económico sino de una cuestión socio-cultural. La vitivinicultura en Mendoza fue una actividad donde las brechas sociales no fueron demasiado grandes ni chocantes. La mayoría de los participantes compartían la cultura de la vid y del vino, de ahí vitivinicultura. Fue siempre una actividad noble arraigada en hábitos más bien austeros y sencillos. Quizás convenga rescatar aquellos hábitos y evitar ciertas modas superficiales y superfluas.

Las luces son muchas más que las sombras, pero éstas no hay que ocultarlas.

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