La noche de los vinos

01/12/11
Fuente: La Lectora Provisoria Blog | Quintín | Fotos: Flavia de la Fuente.

diego bigongiari1[1]Presentación de la Guía Austral Spectator 2012. La fiebre gastronómica continúa. Hace unos meses, descubrí por causalidad Viñas, Bodegas & Vinosuna extraordinaria guía de vinos nacionales que me pareció un ejemplo notable de periodismo y de consistencia intelectual por lo precisa, original e incisiva. Más tarde descubrí que el mismo equipo editorial había editado una guía de los aceites de oliva que ratificó que estábamos ante un nicho de conocimiento y placer con pocos equivalentes (a Flavia le comenté que el proyecto me hacía acordar de algún modo al de El Amante).

Se ve que fui tan elogioso que el responsable editorial del emprendimiento y redactor de la mayor parte del material, Diego Bigongiari, se contactó con nosotros y nos mandó la colección de las guías que nos faltaban (la primera se publicó en 2003). Pero, además, nos invitó a la presentación de la edición 2012 de la guía, que además de revisar la producción vinícola argentina selecciona los 100 mejores vinos locales. Como si esto fuera poco, trae además un apéndice dedicado al aceite de oliva.

El lanzamiento de lo que ahora se llama Vinos de la Argentina – La guía Austral Spectator 2012 se hizo en el restaurante del Museo Evita y tuvo como atractivo la posibilidad de degustar esos 100 vinos. De modo que llegamos tempranito (según la vieja técnica Van Bueren para cócteles). Era un sitio muy agradable al aire libre —no parece nada peronista— y mientras se servía un adecuado catering, todos esos vinos estaban dispuestos en dos largas mesas para exaltación de los selectos invitados. Bueno, creemos que eran selectos porque no conocíamos a nadie y parecía gente distinguida, no como nosotros. La prueba de que había una diferencia entre selectos y no selectos fue que no figurábamos en la lista de los que tenían derecho a llevarse la guía, ya que el personal de la editorial Granica era muy celoso al respecto y los libros estaban reservados para bodegueros, enólogos, sommeliers, catadores y periodistas especializados y, naturalmente, nosotros no calificábamos en ninguno de esos rubros. Pero como nos había invitado el jefe, igual pudimos llevarnos un ejemplar gratis.

Así que Flavia se sentó en una silla y se puso a leer la guía (recordemos una vez más que es abstemia) y a estar atenta para el momento de sacar fotos, mientras que yo me dispuse copa en mano, a participar de la orgía enológica. Claro que no se pueden probar 100 vinos en dos horas y, por otra parte, elegir una muestra adecuada sin un conocimiento al respecto no es tarea fácil. De modo que empecé a buscar orientación y como Bigongiari nos presentó a un primo suyo, un realizador de cine publicitario que parecía conocer bastante de vinos, lo tomé como referencia y fui siguiéndolo en los vinos que el sujeto probaba. El individuo era un gran admirador de Lucrecia Martel y eso lo hacía un poco sospechoso en materia cinematográfica, pero en cuanto a los vinos era menos un amante de lo académico que un disidente. Pertenecía al grupo de personas que creen que los vinos argentinos se parecen demasiado entre sí, que son una versión tercermundista de la uniformidad californiana: bien realizados, pero demasiado manipulados de tal modo que la madera termina ocultando la uva. En fin, unas ideas enológicas parientes de las de nuestra admirada Alice Feiring, la autora de La batalla del vino y del amor, un excelente libro del que también hemos hablado hace poco. El Primo Disidente (me gustaría haber retenido su nombre) huía de la medianía general y prefería vinos muy pesados (“tinta china” los llamaba) o más bien livianos y también vinos de corte antes que varietales. Me señaló un par de botellas que  a su juicio respondían al estándar uniforme y fuera de él distinguió especialmente dos, el Cheval de los Andes, que todo el mundo elogiaba alrededor (no logré apreciarlo debidamente) y el Iscay Merlot-Malbec de Trapiche, que fue mi primera gran emoción de la noche. Después averigüé que es un vino muy caro. En un orden más modesto, esa primera parte de la velada me llevó al descubrimiento de un rico blanco, el Sauvignon Blanc Los Cardos de Doña Paula. Con el Primo Disidente coincidíamos en que las ediciones anteriores de la guía no parecían tenerle un gran cariño al Merlot ni al Pinot Noir y según él eso era consecuencia de la costumbre de catar vinos elaborados según el pensamiento único, que son la gran mayoría de los que se producen, algo que acostumbra peligrosamente el paladar de los especialistas. Las evaluaciones de la guía se basan exclusivamente en la cata a ciegas, para que no haya ningún sesgo que provenga de las etiquetas, pero aun así el Primo Disidente encontraba que la justicia de ojos vendados puede ser también a su modo injusta. Un interesante tema filosófico. Dado que la Guía Austral es de por sí disidente, es muy interesante saber que hay disidentes de la disidencia.

Después de probar unos diez vinos, hice una pequeña pausa para escuchar la presentación propiamente dicha, con discursos a cargo de sus responsables, Bigongiari, Joaquín Hidalgo y Alejandro Iglesias, que compartieron la redacción de los textos. Allí explicaron que esta edición es distinta de las anteriores porque está más orientada hacia el amateur que al profesional, que es más user friendly que sus predecesoras. Luego anunciaron que para lograr una mejor difusión pensaban tener de ahora en más una presencia permanente en la web, en Twitter, en Facebook y sabe dios dónde más. Supuse que esa era una buena idea, porque mi hipótesis es que un producto de esta calidad editorial merece una difusión acorde tanto con su valor literario como con su utilidad práctica. No hay nada en las librerías que se le acerque ni remotamente.

Bigongiari, Joaquín Hidalgo y Alejandro Iglesias

En ese momento, nos encontramos con la única persona de la noche a la que conocíamos previamente, el querido Marcelo Pavazza, que alguna vez fue el oyente que en nuestro programa de radio de mediados de los noventa se identificaba como Marcelo de Lugano. Gran cinéfillo, Marcelo se reveló más tarde como un muy buen crítico de cine en el desaparecido diario Crítica. Pero hoy escribe en El Gourmet y se dedica al periodismo gastronómico. Fue una gran alegría verlo. Marcelo me presentó a Joaquín Hidalgo y me dijo que deberíamos leer el blog de Hidalgo, que se llama Bien Jugoso. Como otros invitados, Pavazza se fue temprano, porque ayer había también un evento enológico en el Alvear Palace. Se ve que los periodistas gastronómicos tienen una vida dura y agitada.

Q, Joaquín Hidalgo y Marcelo Pavazza

En esa segunda parte de la noche, probé algunos vinos más. Recuerdo que me gustó el Malbec Altos Las Hormigas Valle del Uco Terroir, que me pareció más frutado y más rico que el tradicional (elaborado en otro terruño). También disfruté del Merlot Casa Boher de Rosell Boher y el Malbec Clímax de Zorzal Wines. Pero la falta de costumbre en estas maratones de cata me había llevado a peligrosamente cerca del estado en el que todos los vinos dan lo mismo. Así que decidí parar un rato. Estuve deambulando por ahí, comiendo canapés y en eso estaba cuando me crucé de nuevo con Diego Bigongiari, que me presentó a un personaje llamado Andrés Rosberg, a quien en un alarde de finura definió  como “El gran poronga de los sommeliers”. Parece que Rosberg, que preside la AAS (que no es Acido Acetil Salicílico sino la Asociación Argentina de Sommeliers) viaja a todas partes, bebe los mejores crudos y se aloja en los sitios más exclusivos. Resultó un tipo muy inteligente que representa un poco la posición contraria a la del Primo Disidente. La teoría de Rosberg es que la Argentina es un país que tiene una producción envidiable y que algunos de sus vinos forman parte de la elite mundial absoluta.

Andrés Rosberg

Supongo que el presidente de la asociación de sommeliers tiene que decir cosas parecidas, pero en la conversación surgió la idea de que, contrariamente a ciertas opiniones, la aparición en los últimos años de vinos de mil pesos o más no es solo un resultado del marketing (en ciertos casos lo es) sino que hay algunos que valen de verdad la fortuna que cuestan. Hasta ayer yo era de la idea de que no pueden hacer vinos que valgan tanto más que los otros cuando en general se fabrican de modo parecido, en terroirs que son en principio bastante jóvenes y no necesariamente extraordinarios. En la charla, yo jugaba un poco al contrera (como suele ser la costumbre) y Rosberg al defensor el mainstream, pero con altura. Contó entonces que él era uno de los catadores que producen cada año la guía y le pregunté por qué esta no era diez veces más conocida. Rosberg coincidía con que la Austral merecía ser mucho más popular y sería lógico que vendiera 25.000 ejemplares en las Fiestas para empezar. Sin embargo, le parecía que hasta ahora había sido demasiado elitista, que por momentos bordeaba un prosa suicida desde el punto de vista comercial (supongo que eso fue lo que me atrajo tanto) pero que la edición actual era más fácil, más generosa y menos áspera en sus consideraciones, que ciertamente habían irritado un poco a la industria en años anteriores. En eso se acercó Flavia, que como dijimos había estado leyendo la guía mientras el resto de la concurrencia escabiaba, y confirmó que la edición 2012 era más amable y menos filosa en sus críticas. De hecho, ahora solo habla de vinos de tres estrellas o más, mientras que antes se regodeaba no solo en el elogio de lo bueno sino también en la defenestración de lo malo. La edición 2012 tiene además una serie de tags, que permiten identificar más fácilmente los vinos mediante términos como “frutado”, “maderoso”, “estructurado”, etc. No es lo mismo acercarse al lector no especializado que exhibir una mayor consideración a la industria, pero ambas estrategias sumadas pueden hacer un éxito editorial y la Guía convertirse en el referente que inevitablemente está destinada a ser porque su sistema colectivo de cata a ciegas, su seriedad y su consistencia informativa son imbatibles.

Q, Marcelo Antin y Andrés Rosberg

Andrés Rosberg y dimos nuestros nombres, me confundieron con un tal Marcelo Antin, catador de profesión. No lo conocía, pero resultó interesante saber que tal vez tenía un pariente catador. Así que durante toda la noche, estuve preguntando por Marcelo Antin a cada invitado que me presentaban. Importuné especialmente a Mercedes Carullo, la amable y eficiente productora de la guía y del evento. Al final, apareció el otro Antin, que resultó periodista y sommelier. Estuvimos cotejando árboles genealógicos y no sé en verdad si somos parientes, pero resultó un tipo muy agradable y parte del elenco de catadores de Austral. Le pregunté qué vino nos aconsejaba probar y dijo que, sin duda, el Merlot Estrella de Weinert. Yo conocía como todo el mundo la bodega y sus vinos, pero no sabía nada de ese asunto de la estrella. Alguien me explicó que era una calificación que Weinert le daba a los vinos que resultaban excepcionales, y que en total fueron algo así como 4 en 36 años, si no escuché mal. Tal vez estábamos en presencia de uno de esos casos a los que Rosberg había aludido como un posible campeón mundial. Fue el propio Rosberg el que se encargó de abrir una botella cuando ya casi daban las nueve, la hora señalada para terminar la degustación, y estaban empezando a levantar las mesas. Y así, sobre la la hora, probé el Merlot 1999 Estrella de Weinert y casi me caigo de espaldas. Era un vino del siglo pasado y parecía al mismo tiempo complejo y completamente fresco. Ahí me rendí a la evidencia: había vinos de otra clase. La guía lo describe de este modo y creo que no le regala nada:

Inconmensurable pieza del arte enológico, llega a nuestro podio un modos de hacer vinos (36 meses de crianza en tonel) que encanta cuando alcanza su máxima expresión. No solo porque contradice el “pensamiento único” de la crianza en barrica, sino además por sus virtudes. (…) Este Merlot contiene la poesía del tiempo como pocos vinos argentinos.

Uno de nuestros interlocutores se ofreció a presentarnos al responsable de esta maravilla, el suizo Hubert Weber, un enólogo que trabaja en Weinert hace dieciséis años y hace vinos completamente distintos de los que componen el menú argentino (es decir, fabrica vinos que le dan la razón tanto al Primo Disidente como al Gran Sommelier). Personaje jovial y encantador, Weber contó que trabaja con grandes toneles a la manera clásica —de esos que los cultores de lo moderno gustan descalificar por sistema—, que no acepta el riego por goteo ni la maceración y que sus viñedos tienen sesenta años como mínimo entre otros requisitos. Este Merlot le había dado un trabajo tremendo y, entre otras calamidades, la fermentación se había interrumpido sola en algún momento. En un momento pensó que esa partida estaba destinada a engrosar los vinos de gama baja de la bodega. Pero al final salió fuera de serie. Weber practica una filosofía tradicionalista y rigurosa: es una especie de Jean-Marie Straub del vino y fue nuestro héroe de la noche.

Q, Hubert Weber y Andrés Rosberg

Cuando ya quedaba muy poca gente, nos despedimos de nuestros contertulios y nos fuimos caminando por la calle Las Heras. Había sido una velada encantadora que culminó con un momento de magia. Con Flavia comentamos que esas son las ocasiones en las que el periodismo se confunde con el zen: uno busca sin saber qué y finalmente encuentra.


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