Los caminos del vino a bordo de un clásico Citroën

08/04/12
Fuente: Diario Clarín | Roxana Badaloni.

caminos-vino-bordo-clasico-Citroen_CLAIMA20120408_0035_19[1]Un original paseo por los viñedos mendocinos desde la butaca de un “coche rana”. Sensaciones en un circuito de película. Los circuitos del enoturismo, como se conoce a los viajes ligados a la industria del vino, comienzan a tejer nuevos entramados. En Mendoza, la experiencia de recorrer las bodegas y sus paisajes ahora puede hacerse a bordo de un “coche rana”. El paseo en un antiguo Citroën 3CV recrea la fantasía de los viajes por la campiña francesa, uno de los destinos para el que fue creado en 1934. “Era un vehículo para que los agricultores pudieran llevar sus productos en los caminos de tierra”, rememora Ramiro Marquesini, el mendocino que se inspiró en la cultura slow (lento) para introducir estos vehículos de colección en el turismo del vino. Buscó los autos, seleccionó cinco y los restauró a nuevo.

Eligió darle un estilo charleston: elegante, movediso y divertido como el clásico baile de los años 20. Llamó a su empresa Slowkar y logró imponerlos en la oferta del enoturismo. En plena temporada de cosecha, los llamados “coches rana”, por sus faros redondeados y su techo curvo, son un atractivo para quienes los miran pasear por las calles del centro mendocino hacia su destino entre viñas.

Los 3CV pueden alquilarse para casamientos, cumpleaños y aniversarios. También para encuentros de ejecutivos que quieran combinar reuniones de trabajo con paseos en auto y estadías en posadas rodeadas de un entorno de hileras de Malbec. Es, en especial, el modo de elegir un circuito al gusto propio, sin paradas fijas ni exigencias horarias. Con este paseo se propone saborear territorio y cultura. Permite recuperar el andar por la vida en tiempos reales. “Si nos subimos al Citroën 3CV dejamos por unas horas el blindaje de los autos modernos”, sugiere el creador de la empresa.

Detenido en el lobby de un hotel cinco estrellas, en la señorial Quinta Sección de la Ciudad de Mendoza, aguarda el Citroën que nos llevará a descubrir el paisaje de montaña y sus oasis. Andar lento para disfrutar de la imponente cordillera de los Andes y los campos sembrados de viñedos. Antes, un paneo para descubrir esta joyita: sus ruedas delgadas, sus faros exteriores sobresalidos, sus bordes redondeados y su aspecto frágil. En el interior deslumbra el detalle de las butacas tapizadas con cuadros blancos y negros. Impera el volante, de gran tamaño, que obliga a extender los brazos para realizar cada maniobra. La caja de cambios al costado del volanea requiere una instrucción previa para quienes nunca manejaron un rodado con estas características. Subimos a la rana y de a poco vamos descubriendo sus perillas y trabas. No hay estéreo. Las ventanillas de las puertas delanteras abren hacia arriba. Se puede sacar medio cuerpo. El techo de lona se enrolla. Se ve el cielo. Ahora el sencillo vehículo parece un lujoso convertible.
Campo adentro

Encendemos el motor. Vamos hacia la tierra de Baco. La brisa fresca y el cálido sol del mediodía nos acompañan. El otoño es una temporada ideal para transitar estos paisajes.

Salimos a la calle. Bienvenidos a la jungla. Un micro doble cabina se estaciona a nuestro lado. Nos provoca vértigo. La hoja de ruta nos lleva a Chacras de Coria. La localidad viñatera, a 15 kilómetros de la ciudad de Mendoza. Esta pintoresca villa transformó la gastronomía cuyana con la llegada de sus restó especializados en platos autóctonos maridados con grandes vinos.

Nos sumergimos en sus calles arboladas, con el entorno de casas quintas entremezcladas con plantaciones de viñedos, frondosas arboledas y la precordillera como marco. Hacemos una parada en la plaza de Chacras para conocer la arquitectura neocolonial de la iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, con su altar de piedra tallada y techos de álamo, descriptores del estilo campestre mendocino. Enfrente, cada domingo se levanta el mercado de artesanos y anticuarios, muy visitado por turistas extranjeros que buscan llevarse de recuerdo piezas únicas.

La cultura del vino es mucho más que conocer y descubrir el encanto de su bebida. Son sus viñedos, sus casonas, sus aromas a especias, a frutos rojos y flores; los colores de su tierra, el culto a las labores agrícolas, sus artistas. El enoturismo ha abierto las puertas a experiencias sensitivas y recreativas grupales. Bien vale sumar a la familia completa a alguna de estas salidas. Aprender a cosechar, paseos en bicicleta por los viñedos o un asado bajo una galería de parras. Las uvas maduras, que se descuelgan del techo, quedan al alcance de los chicos, listas para saborear sus granos agridulces.

Los más chicos disfrutan del viaje en Citroën. Su particular suspensión delantera provoca brincos ante cada lomo de burro y desata carcajadas. Los pequeños lo viven como si estuvieran subidos a un auto de juguete. Se asoman por las ventanillas, saludan, sienten el andar sereno y seguro.

El paseo lento, a una marcha de 30 kilómetros por hora, nos lleva a conversar, a contar anécdotas, a observar al que pasa al lado. Llegamos a destino. En el baúl nos aguarda una sorpresa: un canasto para picnic, listo para hacer una parada y tomarse unos mates. Después, entrar a las bodegas, jugar a las escondidas entre los viñedos y elegir una mesa para almorzar.

Recorridos varios

En el cruce de los accesos este y sur, donde se levanta el monumento al Cóndor, el rey de los Andes, los caminos del vino se bifurcan.
Hacia el este, las bodegas de Coquimbito, una de las zonas vitivinícolas más antiguas: López, La Rural que alberga el Museo del vino, Familia Cecchin. O la nueva Tempus Alba. Por carril Maza se llega a las casas de los bodegueros Giol y Gargantini. Unos pocos kilómetros más hacia el este, en Fray Luis Beltrán, está la bodega Familia Zuccardi y su restó campestre Casa del Visitante, ideal para disfrutar de un delicioso almuerzo.
Hacia el sur, el histórico pueblo de Chacras de Coria con casas antiguas convertidas en posadas deliciosas como Finca Adalgisa. Para comer, el restaurante de comida típica cuyana de la Casa del Contratista o el toque español de Nadia. Más adelante, Vistalba y Agrelo, terruños de reconocidas bodegas como Dominio del Plata o Viña Cobos

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