Los nombres propios del vino

22/12/10
Fuente: Vinissage | José Bahamonde.

Jose-Bahamonde4[1]Once y media de la noche, la tarde mendocina de treintaytantos grados ha dejado su huella, cuerpos cansados, cierto peso en la cabeza y las ganas irremediables de beber algo fresco. Me sirvo una copa de rosado, se empaña el cristal y empiezo a escribir estas palabras con mis manos debajo de un interminable sorbo. Detrás del rosado y su frescura aparece la idea de Vinissage, con su promesa de ser más que una noche de vinos en febrero, un lugar para encontrarse, un rito de adoración que se repetirá año a año para unir sensibilidades, sueños, anécdotas, pasados felices y futuros esperanzados. Pienso en el nombre, Vinissage, los siento atinado, tiene ese aire sofisticado, ese divino savoir faire (el ignoto del francés pronuncie savuarfer, todo junto y con cierto aire de estar congestionado). Es que los tres personajes que están detrás de esta hermosa locura saben cómo hacer las cosas. Tienen ese mix de don de gentes, paladar, estilo, capacidad, ganas y bla bla bla… Ale, Iacopo y Eleo son todos y son uno cuando el vino corre por sus venas. Lo real es que pensar en Vinissage ya me inspira y huele mi mac a hierba fresca, suenan las guitarras de la noche y la sangre se pone violeta o púrpura que es el color del espíritu.

Vuelvo a mis letras, otro sorbo largo de rosado, pero largo de verdad y me viene a la cabeza ese deporte social y nacional que practicamos los argentinos con cierta habilidad, el de generar extrema confianza y cargar a un nombre de pila con todo nuestro ser. Ejemplos sobran, no es difícil entender quién es David, no hay que pensar demasiado cuando hablamos de Néstor, jamás olvidaremos las anécdotas del Bambino, ni las primeras tetas de Moria, ni la guerra de Mario con Marcelo, ni el orgullo deportivo de Manu. Nunca podremos alejarnos de la gambeta de Román, de los dichos de Jacobo (wallet kill the galan), de la lucidez de Flor de la V, de la sofisticación exquisita de Alan, de la ironía en los labios de Mafalda. Y un pasito más arriba, el nombre más amado, odiado y denostado por millones de bocas argentinas, El Diego y su enciclopedia de argentinismos tan calientes, tan punzantes. Nombre, miles, sentimientos, otros tantos, Lio, Cristina, El Flaco, Cesar y Mónica, Zeta, Papo, Mercedes, Charly y tantos personajes que amamos sentirlos ahí, cerquita nuestro.

Esa costumbre tan simpática como irreverente es un sello del ser nacional y habla de una sociedad que elige ver en los ídolos a pares que cachetearon los sueños y las sombras. Y en este juego de cercanías, aparece el maravilloso mundo del vino argentino que ya tiene la noción de una república, con sus voces que gritan por el mundo lo buena que está nuestra tierra. Son muchos los tipos que cargaron sus nombres de heroísmo para llevar al mundo con honores la bandera, (perdón por mi pésima memoria por favor): hablo del Ale, de Ernestito, de Nicolás, del Marce, de Mauricio, de Susana, de Adrián, de Alberto, de Pepe y el Seba, de Ana y Julia, del Miguelito, de Héctor, de Luis y Andre, del Colorado y el Mariano, de Walter, y tantos otros que nos hacen tan perfectamente orgullosos de ser argentinos cuando vuela un corcho por el mundo. Ellos son los que dan pie a los que venimos atrás esgrimiendo con orgullo una copa de malbec como una escarapela.

Y como toda república no sólo tiene embajadores, porque la sociedad del vino tiene sus personajes con nombre de pila y mil historias por contar. No hace falta buscar en Wikipedia quién es Aldito, ni poner un aviso para descubrir las aventuras de Andrés por el mundo, o codear a algún colega para que aclare quién es Maco. Todos sabemos que Daniel es un bohemio que juega en su vida a ser feliz. Ningún ser vinícola anda con una foto exigiendo que alguien le explique el nombre de Narda, o por qué las penas se pierden entre los cristales de Inés. Nadie debe aclarar quién es Giorgio, ni existen confusiones cuando hablamos de Fabri. A ningún distraído se le escapa el maravilloso significado del nombre Paz.

Es así, el vino argentino y su movida ya tiene entidad y vida propia, personas y personajes, ciudades y ciudadanos, embajadas y embajadores, presidentes y voceros, parejas y amantes, docentes y estudiantes, mapas y rutas, historia, lengua y geografía, matemáticas, estadísticas y leyes, cuentos y poemas. Entre todos los celebérrimos amantes del vino de estas latitudes, hemos fundado nuestra República del vino argentino y esperamos levantar una bandera esa tarde de febrero cuando sin constituciones, ni fuerzas, ni armadas, quede inaugurada la primera Vinissage de la historia. Ahí juntaremos nuestras copas, prometeremos cosas incumplibles, reiremos a carcajadas, nos pondremos melancólicos, amaremos la música y el vino, pero sobre todo y a pesar de todo, seremos felices por un rato, la vida, no es mucho más que eso.

Sin más rosado en la copa, cerrare mi mac y me pondré a pensar por qué ese acento caprichoso en la o hace que firme estas palabras simplemente como El Jose…

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