Mendoza: Buscando la sal de la vida

18/01/09
Fuente: Diario Uno | Verónica Oyanart

José Bahamonde (38) es especialista en publicidad y marketing, y empresario gastronómico. “Escribo poesía, bailo flamenco, hago fotografía”, relata. “Curiosidad”, “creatividad”, “búsqueda personal” son palabras que surgen frecuentemente durante la charla con José Bahamonde (38). Quizás sea porque estos términos –según cuenta– siempre han acompañado sus elecciones de vida a través de la convivencia de una multiplicidad de facetas. Por un lado la de empresario gastronómico, es el artífice del restorán La Sal y de otro pronto a inaugurarse en la bodega Séptima. Por otro la de especialista en marketing, que trabaja en su “estudio-generador de ideas” junto con arquitectos y diseñadores. A ellas se suman la de poeta y fotógrafo amateur; la de “bailaor” flamenco que danza por puro placer; la de profesor universitario; la de papá de Lola y Mora; la de viajero que rehuye de los “paquetes” turísticos y deja su recorrido librado a las experiencias insospechadas que esconde cada lugar. Y lógicamente la de chef de entrecasa, que cocina para “los apóstoles”, como llama a su “banda” de amigos …

Hijo del empresario del calzado ya fallecido Mario Bahamonde, José no siguió los pasos de su padre en el negocio familiar, del que hoy se encarga uno de sus hermanos. A los 20 años se fue a vivir a Estados Unidos, donde estudió inglés. De vuelta en Mendoza, cursó algunos años Abogacía, “hasta que me dí cuenta de que eso no es para los que aman la justicia”, ríe. Estuvo seis años en Chile, donde hizo la licenciatura en Publicidad y Marketing y se posgraduó en Marketing de Servicios. Vivió también en España y “gracias a Dios he podido viajar mucho: por Portugal, México, Perú, Brasil, Marruecos… varios lugares”, narra. En el 2003 inauguró La Sal , en calle Belgrano, de Ciudad. Un reducto con vocación desestructurada y bohemia. “Es ecléctico, porque yo soy así. Tiene cosas antiguas usadas de manera moderna –explica en relación con la ambientación– y eso es aplicado también en la cocina”, cuenta José sentado a una de las mesas del lugar, que por las noches se llena de música en vivo, del sonido de los cubiertos y de las charlas compartidas, y que ahora está silente y con luz matinal. Hay óleos de Chiavazza y esculturas de Rigattieri como parte de la propuesta conceptual: “Restorán cultural”, saleros, columnas empapeladas con recortes de viejas revistas de colección del propietario y arriba, como en un sitial, un escritorio con una vieja máquina de escribir. “Es un homenaje a la poesía, yo escribo desde chico”, expresa.

–¿Cómo llegaste al negocio gastronómico?
– A la gastronomía llegué como a todas las cosas en mi vida: de curioso, de creativo, buscando nuevas salidas y nuevas formas de expresión. Lo primero que hice fue La Sal , en el 2003.

–Hablás de creatividad. La cocina necesita mucho de ese ingrediente…
–Sí, de creatividad, de amor, de pasión, de búsqueda. La cocina es bonita porque es cultura, es expresión. Cuando sabemos qué come un pueblo entendemos su historia, sus raíces… Por ese lado siempre me he “enganchado” con la gastronomía, que me ha llevado a tener amigos en todo el mundo, gente muy sensible, con la que me he conectado desde el corazón y que siente la gastronomía desde el mismo lugar que yo. Como Gastón Acurio, un cocinero peruano reconocido como uno de los mejores chefs del mundo, que me ayudó a entender este sentido que yo buscaba intuitiva, apasionadamente.

–Si tuvieras que poner en pocas palabras ese sentido…
–Primero que todo, no concibo la vida sin un criterio ético y estético. Si en vez de abrir La Sal hubiera puesto una parrillada súper fina, para la que, hablando según el Marketing, había espacio y una oportunidad de negocio en Mendoza, seguramente en términos económicos me hubiera ido mucho mejor. Pero entiendo que tengo una búsqueda del sentido estético, que lleva dentro el sentido ético de lo que uno hace. Me hace feliz llegar aquí y ver a la gente disfrutando de la música, de cada sabor, color, aroma; descubrir a alguien que está concentrado en una obra de arte; ver cómo te atienden los chicos, que no tiene nada que ver con ese servicio agresivo que está atrás tuyo y cuando te tomaste un sorbo de vino te rellena la copa. Me da alegría ver mesas con gente joven, al lado de mesas con gente grande. Vienen por motivaciones diferentes, pero no sienten el mínimo atisbo de mutua incomodidad. Para mí todo esto es una forma de ser feliz que trasciende un montón de otras cosas. Es un estado de conciencia.

–Fuiste uno de los pioneros del concepto “restorán cultural” en Mendoza…
–Sí, y es importante que ese concepto no se prostituya. Una cosa es encontrar arte que hace al sentido del lugar y otra es que sea sólo un adorno. Lo mismo con la música en vivo. Acá generamos un espacio para los artistas que determinado perfil de gente no conoce. Mendoza se mueve un poco por “guettos”: los de un espacio no se juntan con los de aquel otro. Y hay muchos artistas, como por ejemplo Rodolfo Castagnolo, que actúa en Nueva York una vez al año y en Europa, pero que en Mendoza siempre tocaba para un grupo muy reducido. Al estar en el restorán con su violín, se abrió a otro tipo de público más amplio.

–También te dedicás al marketing…
–El marketing es lo que estudié y uno de los grandes amores que tengo en la vida. Me molesta cuando la gente lo malinterpreta, lo bastardea. De un tipo mentiroso se dice que es “puro marketing”. En Chile tenía un profesor que afirmaba que si todo el mundo tuviera un concepto social del marketing la vida sería mucho más fácil, porque se trata de analizar las necesidades del otro y la mejor manera de satisfacerlas”. Tengo un departamento creativo, un “generador de ideas” junto con diseñadores muy cercanos a mí, y un grupo de arquitectas. Es un trabajo divertido, bastante flexible y dinámico, si no me aburro. Me especialicé y di talleres creativos, clases de marketing, de publicidad y de comunicación en Chile, en la universidad donde estudié, y en Mendoza, en las universidades del Aconcagua y de Congreso y en la Escuela Internacional de Turismo, Hotelería y Gastronomía Islas Malvinas. Ayudar a alguien a descubrir algo es para mí felicidad pura. Ahora no estoy dando clases porque requiere de mucha concentración, mucha energía”. Me dediqué a todo eso 15 años de mi vida. Sin embargo, en ciertos momentos me conecté más con las imperfecciones que con las perfecciones. Y está bueno.

–Para vos es muy importante no aburrirte con lo que hacés…

–Sí, pero pareciera que cuando sos un tipo conectado con vos mismo, con su disfrute, su historia y su vida, la sociedad a veces no te lo perdona. Como también el haber hecho siempre, desde chico, lo que he tenido ganas. Pero hay que ver desde qué lugar lo hago. No necesito estar tirado en una plaza para sentirme conectado con el arte. Me gusta vivir bien, comer bien, mis viajes, hacer lo que hago. Busco lo espiritual, que es lo verdadero. Tiene que ver con quién realmente soy, la manera en la que cada uno entiende el mundo y se conecta con los demás.

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