Mendoza es inagotable

21/03/13
Fuente: Conexión Brando | Alejandro Maglione.

AntucuraUn repaso por la producción vitivinícola y gastronómica de la provincia.

Finale

Estas vienen a ser las últimas experiencias que tengo para contar de mi paso por Mendoza semanas atrás. Esta cuarta nota busca rescatar algunas actividades que fueron más allá de la cata de vinos, en ambientes amables, que hoy todas las bodegas que reciben visitas suelen tener preparados para hacernos conocer sus vinos, y además pasar un buen momento. Veamos.

Antucura

Es el reino de Anne-Caroline Biancheri, una francesa que se dedicaba a editar libros, y la vida la fue llevando a comprometerse más y más con las tareas de bodega. Tarea para la que Anne-Caroline parece que hubiera sido preparada desde siempre. El nombre del lugar, en la lengua mapuche significa “Piedra del Sol”, porque la bodega conserva y exhibe una piedra encontrada en el lugar con este antiquísimo símbolo.

La bodega está ubicada en el tan de moda Valle de Uco -por algo será-, en un pueblito que se llama Vista Flores, donde acaba de sembrar otro restaurante el querido -por mí- y discutido -por muchos-

Francis Mallmann. Los viñedos crecen a 1050 metros de altura sobre el nivel del mar, y uno se asombra que en medio de esos pedregales pueda crecer algo con tanta feracidad. Pero a esos pedregales, Anne-Caroline les otorga el valor de ser de origen glaciar y aclara: “no son pedregales, son cantos rodados.”. 

Sus vinos, que comenzaron a buscar un rumbo de la mano del afamado Michel Rolland, siguen siendo bautizados con nombres autóctonos como Cavulcurá, que significa “Piedra Azul”, a pesar de que el vino fue hecho pensando en Burdeos, debido a que los primeros cortes fueron estrictamente de Cabernet Sauvignon con Merlot, mitad y mitad. Luego probamos distintos vinos Barrandica Pinot Noir, el Malbec, el Cabernet y el Blend Selection. Confeso amante de los vinos de corte como soy, me entusiasmé con el último que reúne a las cepas Cabernet Sauvignon, Merlot y Malbec. Todos muy ricos, muy bien hechos, pero mi preferencia se focalizó en este último.

Un repaso por la producción vitivinícola y gastronómica de la provincia

  • Hervé Chagneau

Llegó el turno de probar los Antucura, todos vinos de corte, de alta gama, con años de botella como desea su dueña antes de salir al mercado, ya sea 2003, 2005 o 2007. Grandes vinos donde descuellan el Grand Vin y el Blend Selection. Todos vinos que se exportan en su gran mayoría. No dejamos de probar lo que se ha embotellado en el 2011 y el 2012 y todos mostraron tener un futuro promisorio. El Grand Vin 2011, que ya muestra la mano de Hervé Chagneau, el enólogo que ha tomado el compromiso de imprimir un nuevo carácter a los vinos de Antucura. Él mismo aclara: “ni mejor, ni peor, distintos”. 

Este ver a franceses haciendo vinos en la Argentina es entusiasmante. Pero además de viñedos,está Casa Antucura, una hostería puesta con muy buen gusto, y con el máximo confort.La vena editora de la dueña se muestra al advertir que prácticamente es una biblioteca habitada. Rodeada de un parque cuidado, con un lindísimo rincón de rosales; con el agregado de una piscina fabulosa, con bar y el telón de fondo del Cordón de Plata en toda su imponencia. Un buen restaurante complementa la oferta y la posibilidad de disfrutar de una charla, siempre animada, con la patrona.

Monte Quieto

Conociendo los nombres de sus dueños: Agustín Casabal y Matilde Pereda, se puede prejuzgar que la bodega es un divertimento. ¿Qué hacen estos dignos representantes de lo que queda del patriciado porteño, instalados en este rincón de Agrelo? Lo que hacen, lo que hicieron, en enero del 2011, fue dar un vuelco en sus vidas en procura de una calidad de vida que es clarísimo que la encontraron.

Compraron el viejo casco de la que fuera la estancia de los Funes, que prácticamente era dueña de la mayor parte de la región de Agrelo, a la que sumaron los viñedos aledaños. Una casa pensada para habitar en verano, con techos altísimos, ambientes enormes, pero a la vez austeros. Un jardín de árboles añosos. Y como para completar el panorama de familia Ingalls, niños rubios, lindísimos, jugando carreras con sus monopatines, aprovechando los largos pasillos, acompañados de perros mansos, amantes de las actividades lúdicas de los chicos.

Agustín y Matilde tuvieron la magnífica idea de programar que la cata transcurriera durante un almuerzo, en base a comida sanísima, mayormente tartas de verduras que vinieron de la huerta que está en un costado de la casa. El dueño de casa dirigió la cata, comenzando por un Quieto 3 Malbec 2009, un vino bien hecho, perfecto, agradable en boca, y donde se han reunido las uvas que se obtienen de las 3 fincas de las que son propietarios. Seguimos con un 2010 y confieso que, pese a su juventud, me gustó más que el 2009. El Quieto 2007 es un corte de Cabernet Franc, Malbec y Cabernet Sauvignon. En el 2008 agregaron al corte un poco de Syrah y realmente se nota.

Un repaso por la producción vitivinícola y gastronómica de la provincia

  • Monte Quieto

El almuerzo transcurría comiendo comida campesina, claro que en vajilla Villeroy & Bosch, la vajilla favorita de Ramiro Rodríguez Pardo. Allí Agustín nos contó que hasta ahora el enólogo había sido el renombrado Atilio Pagli, pero a partir de ese momento tomaba las riendas el también mentado Roberto de la Mota. Disfrutamos de una sobremesa como las de antes, aprovechando para probar el último vino que fue el Quieto 2008, un vino que entrega en aromas y sabores todo lo que se espera de él.

Me permití sugerirle que hicieran algo relacionado con la gastronomía, viendo los magníficos anfitriones que son ambos. “Estamos en eso. Para mayo habrá novedades.”. Apenas vuelva por el barrio, iré a husmear que imaginaron.

Carlos Caco Merlo

En ciudades como Mendoza, suele haber algún personaje como el Caco, que todo el mundo lo conoce y quiere, generoso al máximo como anfitrión y que a la casa de su familia, sumó otra para recibir amigos. Gran empresario y sobre todo promotor de la juventud que intenta cosas nuevas, y quizás mejores, con el vino. Un chivo asado por un sanjuanino fue la excusa del encuentro. Ayudó a la convocatoria Juan Ignacio De Castro, un porteño “nacionalizado” mendocino hace muchos años.

Allí conocí los vinos Serrera, una creación del dinámico Hernán Cortegoso, que nos presentó unos magníficos vinos, uno Malbec y otro Syrah ambos 2002, que movieron a murmullo de aprobación por los jóvenes presentes. Hernán es además productor de unos riquísimos quesos de cabra. Incansable. Otro vino que me llamó la atención fue el LTU, presentado por el joven Julio Lasmartres. LTU reúne apellidos que son pilares de la viticultura argentina y chilena: Larraín, Undurraga, Toso y el propio Julio. Hacen pocas botellas, pero conseguirlo es un gusto que vale la pena darse. Alfredo Merlo, hijo del Caco, presentó un Malbec muy bien hecho, partiendo de su pequeña bodega que llamó MAAL (Malbec As Alfredo Likes). El cierre fue un Lupa, un corte presentado por Juan Pablo Lupiáñez, del que se enamoró Nicolás Lévy, factotum de la vinería Grand Cru cuando se lo hizo probar. Sé que alguna cosa se está negociando.

Un repaso por la producción vitivinícola y gastronómica de la provincia

  • Matilde Pereda y Agustín Casabal

Confieso que fue una noche de mucha comida, mucho, mucho vino, pero sobre todo de charlas sumamente picantes y desenfadadas, porque la juventud, estimulada por la confianza que se respira en la casa del Caco Merlo, permitió que estas, ya no promesas, sino reales hacedores de vinos extraordinarios, a los que es interesante seguirles la pista, se explayaran sobre esos asuntos neblinosos, que rodean la producción y comercialización del vino. Aquí y en todas partes, aclaro. La promesa del secreto profesional, fue respetada por todos, a pesar de haber sido hecha en un elevado nivel etílico. Cuando del chivo quedaron los huesos, y de los postres solo un recuerdo, ya apagados los puros que ofreció el dueño de casa, cada uno volvió a sus pagos, sintiendo que había añadido uno más a su colección de momentos inolvidables. Por lo menos fue lo que me pasó a mi.

Conclusión

Para los que imaginan que una semana en Mendoza es solo holganza, advertirán que un ojo atento, y una garganta debidamente humedecida, sumado a la libertad de elegir dónde ir y con quien reunirse, abre posibilidades de conocimiento de personas, personajes, vinos y viñedos, casi inagotable. Y como se imaginarán, lo más duro, como casi siempre, es el regreso. ¡pero el sacerdocio que significa el periodismo, sumado a la entrega honesta y total a los lectores, exige esto y mucho más! (sonrisa) Disfruten.

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