Mendoza Maravillosa

26/02/13
Fuente: Kick Wines | Natalia Beneitez (aka #LaYansi) Sommelier en Viaje.

GualtallaryMe paro al borde de la construcción que avanza en la bodega Zorzal Wines y miro mas allá para darme cuenta que una miríada de viñedos hace el esfuerzo de crecer en un sitio donde hasta hace no tanto tiempo solo se reproducían las piedras, si es que tal cosa es posible.

No puedo evitar preguntarme ¿cómo llegaron todos estos locos hasta ese lugar que algunos insisten en definir como el nuevo y flamante terroir Gualtallary? Hasta hace menos de 15 años sobraban los dedos de una mano para contar los viñedos que allí existían. Se me ocurren infinitas respuestas no solo a esta pregunta sino a tantas otras que me acosan cada vez que vuelvo a Mendoza y me maravillo y asombro hasta lo insoportable de todo lo que puede hacer la mano del hombre en ese desierto imposible que compone el clima y el suelo del territorio con mayor producción vitivinícola de este país.

Y para volver al principio, selecciono mis grandes dudas y las pongo en orden para intentar, una vez más, llegar a alguna conclusión que me convenza.

¿Cuándo fue el inicio de esto que se denomina “reconversión vitivinícola argentina”? Algunos dirán que el desembarco de los grandes winemakers internacionales nos dieron el brillo y la trascendencia que nos faltaba y también la profesionalidad que no teníamos. Esto puede ser en parte cierto pero no termina de convencerme. Argentina ya tenía para principio de los ´80, e incluso antes, grandes vinos de renombre que han sido elaborados por los enólogos que nos han marcado como país vitivinícola de calidad. El primer vino varietal que se elaboró y exportó como tal data de fines de la década de 1960, por lo tanto, antes de la llegada de los grandes hacedores de vinos franceses, americanos e italianos ya veníamos marcando un camino y una identidad que nos defina.

Hace unos meses pude catar el Medalla Blanco 1983 elaborado por uno de los grandes enólogos argentinos, el Sr. Ángel Mendoza, este vino –que es hoy un ícono de los ejemplares argentinos- se hizo especialmente por primera vez para conmemorar el centenario de una de las bodegas más emblemáticas de nuestro país: Trapiche. Elaborado con Chardonnay y Semillón este vino no solo estaba en un gran momento de su evolución sino que era perfecto. Su balance y equilibrio entre alcohol, acidez e integración lo hacen sencillamente único. ¿Entonces? ¿Fue allí que empezamos a mostrar lo bien lo que lo podíamos hacer? Creo que es un ejemplo de que efectivamente podíamos hacerlo bien pero aún nos faltaba más.

El Malbec, nuestra mayor ventaja comparativa y competitiva a nivel mundial, estaba empezando para principios de 1980 a dar sus primeras muestras de lo que podía dar y nuevas zonas productivas –y no tan nuevas- comenzaron a mostrarse. Así se empezó a escuchar hablar de “Valle de Uco” en general y pequeñas regiones en particular. Nos acostumbramos a escuchar hablar de Vista Flores, San Carlos, La Consulta, El Peral, Los Arboles, El Cepillo y, más cerca en el tiempo, Altamira y Gualtallary.

Aprendimos que Vistalba daba malbecs de taninos más redondos, hasta más dulces y que Altamira era elegante, refinado, con ese aroma de violetas que lo hacía distinto, particular. Le decían “los Malbecs del frio”. Y un día llegó Gualtallary con sus taninos punzantes, su tiza marcada producto de esos suelos pedregosos mezclados con la arena de ese desierto infame que solo da malezas de tallos duros y la ecuación volvió a ponerse complicada.

Tal vez si Michel Rolland no hubiera ido hasta Vista Flores y se hubiera enamorado –según sus propias palabras- del sitio, no existiría Clos de los Siete y la historia sería distinta, me han dicho. Es posible y también innegable todo lo bueno que esto significó. Pero antes del Sr. Rolland existía en la región una cantidad indefinida de finqueros y viñateros que cultivaban sus frutos y elaboraban sus vinos hasta en parrales de torrontés que hoy tienen más de 60 años. Esos parrales viejos siguen productivos y de allí salen vinos que nos sorprenden hoy como los nuevos ejemplares de grandes enólogos jóvenes y talentosos.

En Mendoza conviven bodegas centenarias muy pequeñas que aún elaboran sus vinos casi artesanalmente junto a gigantes del vino que hacen millones de litros al año y también las bodegas más modernas y tecnificadas que uno pueda imaginar. Mendoza es la mezcla de aquellos inmigrantes que hicieron sus vinos de la manera aprendida en el Viejo Mundo y que se han modernizado junto a emprendimientos vitivinícolas, residenciales y turísticos pensados como innovación del management que están causando una verdadera revolución sobre todo en la zona del Valle de Uco. Todo ese universo colectivo es parte del vino argentino y como todo colectivo ecléctico hay jugadores más fuertes que otros y el consecuente proceso de adaptación dejará, casi con seguridad, algunas pérdidas en el camino.

De todas las formas en que se ha elaborado vino en estos tiempos de cambio y evolución rescato el desafío constante de tratar de ser mejores. En estos últimos 25 años vimos pasar por nuestras copas vinos elaborados a granel. Luego más robustos y fuertes, más tarde más equilibrados y luego comenzó a ponderarse la diversidad.

Hemos asistido, algunos como espectadores y otros tomando partido, de grandes y viejas discusiones como menos madera y menos alcohol para dar paso a mayor frescura y acidez y a esta posición volvió a contraponerse la opción de la diversidad. Y escuchamos definiciones e intercambios de los beneficios de macerar en frío o no, cosechar más verde o más maduro, cuantas microvinificaciones hace tal o cual bodega, levaduras indígenas versus levaduras seleccionadas y así hasta el infinito. Y apareció un jugador muy importante e insospechado: la tecnología (Twitter, Facebook, mails) que nos acercó a los enólogos que están siempre dispuestos a contestar nuestras preguntas más o menos atinadas, esto significó que tuvieran una identidad real y cercana. Los hizo humanos y tangibles, hasta algunos son casi estrellas de rock y tengo la certeza de que muchos de ellos firman autógrafos aunque lo nieguen.

Observar todos estos hechos, con muy poco de objetividad de mi parte debo aclarar, me hace creer que este es un tiempo único de la vitivinicultura argentina. Me parece estar ante uno de esos hechos históricos y fundacionales de algo que puede ser único e irrepetible. Pero como si fuera uno de esos laberintos de Borges, las preguntas vuelven a atenazar mi mente: ¿Será Gualtallary ese terruño único que se espera? ¿Los Single Vineyard seguirán siendo la expresión pura del Malbec de una región o el blend de regiones se impondrá? ¿Tendremos Denominaciones de Origen de cada región y podremos nombrar realmente vinos de terroir? ¿Existirán los recursos y el apoyo para lograr ese salto competitivo que aún nos falta? ¿Serán los enólogos más famosos que las bodegas en las que elaboran sus vinos? Tengo muchísimas más preguntas pero el ejercicio es agotador.

Por más que intento imaginar como serán nuestros vinos en diez o veinte años no logro llegar a una idea acabada de que puede ocurrir y eso es lo que vuelve todo este asunto más interesante.

Hace un tiempo cuando le pregunte a un enólogo porqué hacía vino me contestó que el vino era cultura y que intentaba hacer vinos perdurables porque pretendía sentarse con sus hijos dentro de 20 años y tomar uno de esos vinos que hace en estos días en Vista Flores para que ellos entendieran como hacíamos las cosas ahora y porqué y entonces esos pequeños de hoy podrían saber como había sido nuestra evolución.

Argentina es aún un actor muy pequeño y joven en el mapa mundial del vino. Todo esta por hacerse pero hay un gran tramo recorrido. Lo bueno, lo mejor, es saber que podré ser un testigo privilegiado de este paso.

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