Menos tostado, por favor

28/4/13
Hablemos de Vinos | El Tiempo Colombia | Patricio Tapia.

barricasVoy en un taxi. Es un trayecto largo y trabado, así es que me pongo a conversar con el chofer. Hablamos del tránsito, del estado de las calles, de la corrupción en la política, del partido de la selección, de los candidatos presidenciales. Y, claro, también hablamos de vinos.

Me cuenta que acaba de probar un tinto que lo dejó loco. Lo recuerda muy bien. Un Rioja. Un amigo suyo, en vacaciones, lo llevó a una cena. “Sólo lo trajo para que lo probáramos: no hizo escándalo”, me aclara. El punto es que, según me cuenta, todos quedaron maravillados. A todos les encantó y la botella se fue rápido. Casi no se dieron cuenta.
En este trabajo que tengo, es frecuente que uno se vaya por las nubes, que se desconecte, que se deje llevar por su gusto y que crea –en ciertas ocasiones– que ese gusto es el correcto. También, por cierto, mientras uno más se mete en el vino, más pelotudo se pone. Me refiero a que la intolerancia ante ciertos detalles nublan la posibilidad de una experiencia limpia, de descorchar una botella y beberla sin más. A mí me pasa y odio que me pase.

A propósito de eso mismo, el Rioja en cuestión fue alabado por su madera. El chofer levanta sus manos del volante y hace un gesto extraño con los dedos; los agita delante de su nariz, simulando aromas que emanan de la copa. “Esos aromas a madera” dijo, casi susurrando, como si se hablara a sí mismo.

Madera. Por años he escrito que los excesos de madera no son buenos. Que los vinos que huele sólo a madera son insufribles, porque el vino está hecho de uvas, uvas de una cepa, de un lugar, y se supone que muestren esas cualidades, no las del envase en donde se criaron.

¿Qué le puedo decir a este chofer, un típico consumidor de vinos, sobre mis dilemas maderezcos? Nada. Quizás porque, efectivamente, él tiene razón. Los aromas tostados de la madera han atraído a los amantes del vino por décadas, desde que este envase –la barrica– pasó de ser de un contenedor a un actor principal en la fase aromática de los vinos.

Pero ojo que la madera tiene sus cualidades. Más allá del aroma, sigue siendo fundamental para que –a través de la crianza– se obtenga complejidad en vinos. Rioja, como muchas otras zonas en el mundo, lo sabe muy bien. Los años en madera le hacen bien al vino, le dan elegancia, le dan capas aromáticas que la juventud no tiene. El problema, sin embargo, está en el exceso. Si el vino sólo huele a madera, yo salgo corriendo. Un poco están bien, pero esa unidimensionalidad de algunos vinos modernos me choca. No me gusta morder palos. ¿A ustedes?

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