No nos obliguemos a ser lo que no somos

21/05/14
Fuente: MDZ | In Vino Veritas | Alejandro Vigil.

Alejandro VigilEn su blog “Mi vida en cosecha”, el In Vino Veritas recuerda que Argentina tiene una cantidad “casi incontable” de terruños. Y que no hay que volverse loco con los adjetivos.

En los últimos tiempos escucho hablar de “tiza”, “longitud”, “mineral”, descriptores que se van apoderando de mis adjetivaciones de los vinos y que busco cuando elaboro en muchas zonas. Pero no tenemos que cometer el error de intentar que todos nuestros vinos tengan estos descriptores: debemos entender que en Argentina tenemos una gran cantidad de terruños, diría casi incontables y que cada uno de ellos nos permite una expresión cultural, distinta una identidad diferente. La riqueza mayor como actividad es la gran diversidad, basada en nuestra interpretación diaria de la vida. Somos, como muchas veces se dice, un crisol de razas, personalidades decoradas con climas, altura y suelos muy distintos.

Por eso cuando encuentro descriptores como tiza, mineral, fruta de baja intensidad, longitud, cal, espero encontrarme con un vino de Gualtallary, de Altamira (en zonas calcáreas), de Eugenio Bustos (en suelos más profundos) o las ricas tierras calcáreas a los pies de las cuchillas de carrizal.

Ahora, en zonas como Lunlunta, Cruz de piedra, zonas arenosas de Agrelo, en la picada de Tupungato, en el cepillo en esos suelos casi eólicos (arenosos), no busquemos estos descriptores, no engañemos al terruño, respetemos el carácter y su identidad.

Los Malbec serán golosos, dulces, con buenos alcoholes, con mermeladas de frutas negras y rojas. Vinos más calientes que saben a la manzana prohibida. No le pidamos lo que no son, no seamos irresponsables, no uniformicemos para el otro lado. Cada cosa en su lugar y para cada una hay alguien que lo va a elegir.

No nos obliguemos a ser lo que no somos, no vayamos en contra de la naturaleza, permitamos que los vinos Malbec de finales dulces tengan su lugar y los vinos largos y jugosos el suyo.

Permitamos las distintas expresiones, no coartemos por medio de censuras fáciles el placer de estos vinos que durante años llenaron nuestras bocas de recuerdo y nuestra panza de amor.

Quien se crea dueño de la verdad, siempre encontrará que existen múltiples verdades y la óptica, el contexto y el mundo que los rodea serán los encargados de decidir cuál elige. El sobremadurar una uva, el sangrar o no, será solo una óptica de una realidad, pero nadie puede confinar esta idea con un mero significado o definición de facilidad al hacerlo. No seamos soberbios, no creamos que la palabra es santa y demos lugar a otras ideas, otros vinos, diversidad y aceptación.

En numerosas publicaciones hablan de pulcritud de estilo, de dirección en el vino, ausencia o sobrante de algo, veredictos, banderas de terruño, pureza… ¿Y si nos dedicamos a comprender la zona de donde viene tal o cuál vino, si abrimos la cabeza a que no existe el mejor o peor vino, si nos metemos en las entrañas de esas tierras y comprendemos la idiosincrasia de cada uno de ellos?

Hago vino para incluir, no para dividir. Hago vino para tomar, no para hablar. Hago vino para amar, no para odiar. Hago vino como parte de una cultura, no de una elite. Hago vino porque no sé hacer otra cosa ¿Y qué?

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