Santaolalla, Brascó y un documental de pura cepa

30/12/11
Fuente: Diario Los Andes | Cristian Avanzini.

gal-432987[1]Sentado a la mesa compartiendo con amigos un asado de mediodía en un quincho de una finca de Lunlunta, cuesta reconocer al músico hippie que se exilió en Estados Unidos en 1978 y hoy disfruta de fama internacional como productor, con dos Oscar en su palmarés.

Desde la cabecera, Gustavo Santaolalla es uno más, salvo que el vino con el que disfruta de la carne es de su propia bodega, Cielo y Tierra, que produce en esa misma finca de Luján de Cuyo.

Otro hecho que marca la diferencia es que a su derecha está sentado Miguel Brascó, uno de los periodistas de vinos más reconocidos del país, que viajó hasta Mendoza para entrevistar a Santaolalla para un documental que produce por estos meses.

En la mesa sobresalen también las figuras de los músicos Tilín Orozco y Fernando Barrientos, sus ahijados musicales y responsables, en gran parte, de las raíces que ha ido echando en nuestra provincia.

El asado es un alto en un día de mucha actividad, como casi todos los de Santaolalla. Desandando aeropuertos entre Mendoza, Buenos Aires y Estados Unidos, el tiempo siempre es poco para él, pero se encarga de que no se note.

El jueves a la noche guitarreó hasta las 4 de la madrugada y ayer se levantó a las 6 para intentar un vuelo en globo aerostático. Un pequeño principio de incendio aguó la aventura, pero promete intentarlo en los próximos días, cuenta entre risas.

Después de la comida, Brascó lo sienta junto a él para entrevistarlo. Santaolalla lo mira como un niño a su maestro favorito. En medio de un jardín de ensueño rodeado de viñedos desbordados de verde, la charla comienza, como no podía ser de otra manera, por Mendoza. Y Gustavo se suelta.

«Vine por primera vez en un viaje de fin de curso cuando era adolescente y me enamoré del lugar», dice, y confiesa que le provoca «una atracción muy particular».

Pero su primer romance con los viñedos llegó durante una gira con su ex grupo Arco Iris. «En una de esas oportunidades se armó una zapada en una finca donde tocamos en una galería mirando a la viña. Es un recuerdo que lo mantengo totalmente nítido», cuenta.

Años después, durante su viaje junto a León Gieco para registrar «De Ushuaia a la Quiaca», conoció a su mujer, Alejandra Palacios, y con ella comenzó a soñar con tener su viñedo.

Varios años más tarde, lo hicieron realidad. «Estábamos una madrugada con Alejandra después de un recital de Orozco-Barrientos y nos pusimos a pensarlo. Teníamos algo de dinero para mudarnos a una casa más grande en Los Ángeles, pero finalmente decidimos darle vida a esto», explica con los brazos abiertos y la mirada perdida entre las hileras de malbec que lo rodean.

Brascó lo mira en silencio, hace girar el vino en la copa, lo huele, lo degusta y hace un gesto de aprobación con la cabeza. «La idea no era hacer un ?Santaolalla Oscar Wine’, sino un súper vino que quien lo tome pregunte quién lo hace y no viceversa», le dice Gustavo, y sigue con las anécdotas.

«Me pasó con (el actor mexicano) Gael García Bernal. Un día me envía un mensaje de texto : ?Pinche Gustavo, estoy acá con (el músico Jorge) Drexler tomando un vino impresionante; giro la botella para ver qué es y veo que lo hiciste vos ¡y no me lo puedo creer!'», cuenta entusiasmado.

En medio de la charla, se detiene un minuto para reconocer abiertamente que es un explorador, un alquimista de todo lo que hace. «En realidad no tengo mucha formación ni en la música, ni en el vino, ni en la cerveza», confiesa. Trae a colación la cerveza por otro de sus emprendimientos en Mendoza, la marca artesanal Grosa, pero deja el tema de lado porque hoy es día de vinos.

«Creo que el vino de Cielo y Tierra tiene que ser universal, ni para acá ni para allá, y para eso necesita identidad, igual que en la música», sentencia.

Después de la charla sobre el vino, vuelve a su primera pasión: la música. Fresco y sonriente camina unos metros hasta el «set de filmación» del documental «Colores del alma», que muestra la relación de chicos con capacidades diferentes con los instrumentos.

Charango en mano, se pierde en ritmos y melodías junto a un guitarrista no vidente de Buenos Aires, secundado por Tilín y Barrientos.

Para cerrar el día, se zambulle en una sesión casera de grabación con sus colegas mendocinos con una sonrisa y un brillo en los ojos que ocultan sus 60 años de edad.

«¿Qué pensás hacer en el futuro?», dice que le preguntan siempre. «La verdad es que uno a la mañana se levanta tratando de hacer las cosas lo mejor que puede: la mejor canción, el mejor disco, el mejor vino, y eso es lo que quiero para todos los días», contesta con simpleza, como uno más.

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