Se nos deprimen las viñas

28/03/10
Fuente: Diario Los Andes | Gabriel Bustos Herrera | Foto: Los Andes.

Andes

El jueves, la OMS advertía en un informe mundial que nos podríamos poner más insomnes y estresados. El cambio climático nos cambiaría el ánimo, avisaba. Pero también las viñas podrían estar ya entrando en la depresión. Los científicos del Cricyt ya nos habían advertido que el calentamiento puede acarrear efectos nocivos en la producción de este imperio de sol y buen vino. Preguntaron, por ejemplo, qué pasaría con nuestro emblema del vino ante el mundo, el malbec, si -como ellos suponen- el calentamiento global multiplica la humedad y de 220 milímetros anuales de precipitaciones nos vamos a más de 500 o 600. De secos a húmedos, digamos. Los hombres de las uvas y el vino no tienen claro si estos últimos años son un ciclo momentáneo de confabulación de la Naturaleza o si empiezan a marcar una tendencia de empobrecimiento en los racimos. Y despunta el debate. Porque llevamos 3 años de racimos más flacos y de granos de menor volumen.

«Viene menos uva», insisten los viñateros. La última vez que el país contó con una cosecha más o menos normal en esta década en el oeste vitivinícola (30 millones de quintales, que no fue superabundante) ocurrió en 2007: de entonces vino bajando sin prisa pero sin pausas, hasta estos probables 21 o 22 millones de quintales promedio de este año (los del Este dicen que habrá menos aún).

«Son ciclos, es circunstancial, ya vendrán de nuevo las buenas cosechas», se animan unos pocos. Los más, se preguntan si no se trata de una declinación natural de los viejos viñedos; si no tendrá que ver con la tierra anémica; si la crisis no tiene que ver con la dedicación, el método o la tecnología; si los productores no habrán aflojado la pasión (el 85% cultiva menos de 15 o 20 hectáreas) o si el agua escasa no empieza a jugar su papel.

«Falta integración en verdaderas cadenas productivas que renueven y atiendan el cultivo y hagan un trabajo fino e integrado con el bodeguero para la calidad», arriesgan otros. Claro, otros -lejos del apocalipsis de la viña- confían en que ya vendrá el resurgir de las grandes cosechas.

¿Viñas flacas? El jueves, bajé de Internet un informe que me preocupó: en todos los países del hemisferio sur (Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Chile, Argentina, por ejemplo) los viñedos parecen haber entrado en el desamor: «Las bayas son más pequeñas y los racimos más sueltos que de costumbre. Parecen racimos normales, pero las quemaduras del sol, el viento y los daños por las altas temperaturas, combinado con la escasez de agua de riego en algunos distritos, se han traducido en pérdidas de cosechas», se explicaba.

Ni más ni menos que lo que los técnicos del INV y de los grandes viñedos aquí y en San Juan (cuya producción bajó en este ciclo de 8,5 millones de quintales a 5,5) atribuyen a esta flojera productiva de las cepas. Y conste que la mayoría de aquellos competidores del hemisferio sur y del denominado Nuevo Mundo Vitivinícola -según afirman- han invertido en tecnología y puesto dedicación a sus viñedos. Y sin embargo, las bajas se generalizan: la viña les viene flaca.

Entonces, la vitivinicultura sureña se empieza a devanar los sesos: «Este fenómeno pone felices a unos pocos viñateros, que con la escasez consiguen altos precios. Pero puede ser un círculo vicioso, porque las uvas escasas (así como la abundancia en el otro extremo del péndulo alguna vez nos llevó a la miseria del viñatero, al caos y a los Estados bodegueros) empujan precios muy altos por la materia prima insuficiente; esto eleva los costos de la industria y la aprieta contra un techo fijo hasta descolocarla en la pelea impiadosa de los mercados».

Al final, por los precios altos, cae el consumo y se deprime la exportación: se cierra el círculo mortuorio. De hecho en el país está cayendo fuerte el consumo en el mercado interno (más de 25% en el bimestre enero-febrero), donde se vende el 80% del vino que produce el país: un tetra de primera marca está ya en los 7 pesos y un tinto embotellado de mediana pretensión no baja de 12-15 pesos.

En las exportaciones se desplomaron los vinos básicos a granel -45%- y los embotellados varietales subieron 14% (son absolutamente minoritarios en proporción a la gran producción del país).

Los gerentes de comercio exterior están mufados: se está rompiendo el ariete de precio-calidad que nos aventajaba en el mundo. En la punta del viñatero no integrado a la cadena no quieren ni oír hablar de «plantar o incentivar las mayores producciones». Hacen cruces contra la posibilidad de reimplantar: en la escasez hacen la diferencia y compensan la miseria de los años de súper abundancia.

El asunto son las tintas. Pero justo cuando el mundo se muere por nuestros tintos (el 70% del consumo es de los vinos de color), cuando el malbec se junta con el tango para hacernos atractivos, resulta que nos estamos «comiendo» los stocks y todo hace presumir que al cabo del ciclo vitivinícola -junio 2011- vamos a entrar en déficit de tintos (podría faltarnos el equivalente a un mes de consumo, según explican).

Para los blancos básicos no hay angustias: al cabo del ciclo tendríamos en stock el equivalente a 7 u 8 meses de consumo.

Y no es todo: la drástica baja en la cosecha de uvas básicas y la tendencia a hacer vinitos «claretes» -por su precio, claro- ha desbarrancado la industria exportadora de mostos concentrados (que supo ser la primera en el mundo).

La planificación y la reconversión de los últimos 20 años cambió la vieja relación de mayoría de uvas rústicas: ahora el 65-70% de nuestras cepas son de variedades enológicamente finas. Producimos un 60% de vinos tintos y el resto blanco y otros. El problema es que, justo ahora cuando el mundo -nosotros también, claro- consume tintos (dicen que la relación es 80 a 20), nosotros tenemos las vasijas con abundantes blancos y nos anda escaseando el tinto. Va a faltar.

A contramano, digamos. Hay un riesgo anexo: la tentación de los que «tiñen» vinitos claretes para engañar incautos y echan abajo el negocio (porque el mundo se está quedando sin giles). Y encima, se nos deprimen las cepas

¿Será momentáneo o habrá que pensar de nuevo la viña? Por primera vez en su historia, la vitivinicultura tiene una estrategia consensuada -el PEVI 2020- y tiene dónde revisarla: un mesón de información, debate y decisiones en la que votan todos, públicos y privados, grandes y chicos, viñateros y bodegueros (la Coviar). Nuestros viejos no contaban con tamaño paraguas.

¿Acaso vamos a volver a plantar, a arrancar o a injertar según el dedo mojado puesto al aire? ¿Qué hacemos con los tintos que nos están faltando? ¿Y si mañana cambia? Si hubiera que plantar… ¿Qué cepas? ¿Cuál es el mejor terruño para cuál variedad? ¿Qué hacemos con los chiquitos que andan sueltos? ¿Prohibimos o subvencionamos? ¿Digitamos precios por decreto de necesidad y urgencia, a costo público?

Si es cierto que la vitivinicultura argentina tiene una estrategia consensuada, una mesa donde están todos y una integración de lo privado con lo público -el PEVI 2020 y la mesa de la Coviar- este momento de dudas puede ser la oportunidad de estudiar científicamente nuestra realidad y la del mundo, debatir el diseño de la nueva viña y la mejor bodega.

Para los grandes objetivos: conseguir calidad-precio, integrar la cadena productiva-industrial y ampliar el consumo. Si así fuera, bienvenida la crisis.

¿Y si fuera una oportunidad?

¿Acaso vamos a volver a plantar, a arrancar o a injertar según el dedo mojado puesto al aire? ¿Qué hacemos con los tintos que nos están faltando? ¿Y si mañana cambia? Si hubiera que plantar… ¿Qué cepas? ¿Cuál es el mejor terruño para cuál variedad? ¿Qué hacemos con los chiquitos que andan sueltos? ¿Prohibimos o subvencionamos? ¿Digitamos precios por decreto de necesidad y urgencia, a costo público?

Si es cierto que la vitivinicultura argentina tiene una estrategia consensuada, una mesa donde están todos y una integración de lo privado con lo público -el PEVI 2020 y la mesa de la Coviar- este momento de dudas puede ser la oportunidad de estudiar científicamente nuestra realidad y la del mundo, debatir el diseño de la nueva viña y la mejor bodega.

Para los grandes objetivos: conseguir calidad-precio, integrar la cadena productiva-industrial y ampliar el consumo. Si así fuera, bienvenida la crisis.

http://www.losandes.com.ar/notas/2010/3/28/opinion-480584.asp

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