Sin disfraces, primera parte

11/03/13
Fuente: Vinorama | Patricio Tapia.

LIBRO11[1]Vengo leyendo a David Leavitt desde los tiempos de la universidad, cuando por estos lados llegaba Baile en Familia o el Lenguaje Perdido de las Grúas. Lindo título, no? Un niño que ha vivido encerrado en su pieza, la mayor parte de su vida, abandonado, casi sin contacto con el mundo, al menos el mundo humano. Frente a su ventana, hay una construcción. Hay grúas allí y el niño se comunica con ellas, como si pudiera hablarles con los movimientos de sus manos, alzando sus brazos como grúas, estirando el cuello.

Se suele decir que Leavitt es un escritor cuya temática gira en torno a su homosexualidad. Nada de malo habría en ello. Sin embargo, decir que es literatura gay sería reducir las cosas. Tu hijo/a llega un día y te dice que lo escuches, que tiene algo que decirte. Y va y te lo suelta. “Papa, soy gay.” En sus primeros libros, esa es una escena recurrente. Sin embargo, el conflicto que eso significa y la tristeza y las alegrías que tal confesión traerá con el tiempo es lo que, al parecer,  le interesa a Leavitt. Y aunque en un comienzo, la escena puede haberse repetido demasiado en su obra, allí estaba esa otra parte para decirnos que estábamos (y estamos) ante un tremendo escritor cuya materia prima es el ser humano, sea como sea.

Acabo de terminar de leer El Contable Hindú, el penúltimo de los libros de Leavitt (el último, Two Hotel Francforts, ya está a la venta) y es quizás lo mejor que le he leído. En esta novela, Leavitt nos cuenta la historia de Srinivasa Ramanujan, un matemático autodidacta hindú que es descubierto por un profesor de Cambridge. Se acerca la primera guerra mundial, la “gran guerra”, y Leavitt, dedica la primera parte del libro a detallar la atmósfera intelectual de Cambridge, los caprichos, celos y odiosidades, la decadencia del pensamiento occidental, contaminado de puritanismo e hipocresía.

Leavitt tiene la maestría de dejarnos bien en claro el lugar en donde este joven genio llegará para maravillar a todos, pero también para sufrir y morir, demasiado pronto a los 32 años. El más grande genio matemático de todos los tiempos, según hoy se dice, frustrado por no encontrar los condimentos para los platos que le preparaba su madre en la India, ingenuo a toda la envidia y admiración que provoca, inseguro de su propio talento, persiguiendo títulos que lo dignifiquen ante sus pares, los mismos que idolatran ese talento innato de ver el mundo a través de los números, la explicación de la vida de una manera exacta. De una sola manera.

Y a propósito de exactitud, estas últimas semanas han sido de descubrimientos.  A mediados de enero, estuve en Ribera del Duero, investigando para un reportaje a publicarse en la edición de junio de Wine & Spirits. Mi idea original era verificar si era tan cierto eso de que hay un puñado de nuevos productores en Ribera del Duero que están  poniendo en duda todo lo que hemos probado de allí; los vinos híper concentrados de la Ribera, la mucha madera nueva, la idea de vinos de carácter internacional, algunos magníficos, pero demasiado parecidos a lo que se hace en otros lugares fuera de las arcillas y la cal de esa zona de Castilla.

Y sí, existe una Ribera distinta. Y para verificarla, basta probar el trabajo de Alfredo Maestro (en la foto) o Goyo García Viadero; cualquiera de sus vinos, pero en especial La Guindalera de Maestro y Valdeolmos de García, te cambian la visión de una plumada, de un zarpazo. Tempranillo delicados, perfumados, jugosos, puros en su expresión frutal; vinos con una electricidad interna que te hacen echarle un vistazo a la botella porque lo hay en tu copa, sin darte cuenta, ya se ha acabado. Vinos que te invitan a beber y no a pensar en si, en realidad, toda esa madera alguna vez se integrará en la fruta; si toda esa concentración alguna vez decantará en elegancia, con los años de botella.

Se trata de dos personajes con formaciones distintas. Maestro es, digamos, un autodidacta. Hace los vinos por intuición. Su trabajo “real” son las finanzas, pero cuando se le pone la piel de gallina es cuando vuelve a su bodega en Peñafiel, a los viñedos que arrienda en las cercanías, en las nuevas viñas que tiene por ahí, diseminadas, listas y dispuestas para cambiar la historia de la región. El año pasado, uno de los mejores vinos que probé fue su blanco Lovamor, un albillo que tenía una energía suficiente como para prender las alarmas. Y su Guindalera, un pequeño viñedo en suelos arcillosos, es delicado, sutil, frutal, fresco, rojo, rabiosamente rojo.

Goyo García Viadero (en la foto), por el contrario, es un hombre de la viña, uno de los viticultores más respetados y buscados en Ribera del Duero, de esa gente que alucina con la poda, que ve belleza en la idea de hacer crecer correctamente una parra, como si en realidad la estuviera educando. Los vinos de Maestro son alocados, algo imperfectos y, por lo tanto, ineludibles. Los vinos de Goyo son puros, cristalinas expresiones de un tempranillo que no conocemos, una uva que no necesariamente tiene que dar vinos negros como la sangre, vinos que se hacen a partir de la incertidumbre de un clima extremo, y que reflejan eso sin problemas, sin recurrir a la sobre extracción ni a la madera, sin recurrir a disfraces. Valdeolmos 2010 es eso, es la tensión y la severidad de una cepa que crece en un lugar incierto, pero que se refleja aquí con un optimismo maravilloso. Un vino luminoso, vital, pero antes que nada, un tinto que te lo bebes porque tienes sed y porque tienes un lechazo al lado, esperando, y la suerte de que hay un par de botellas aún no abiertas sobre la mesa. Vinos de sed, pero a la vez con la verticalidad y estructura de los grandes.

Y, finalmente, para terminar esta primera parte de los disfraces, se me viene a la cabeza esta frase de Anton Newcombe, el líder de los imprescindibles The Brian Jonestown Massacre, que hace poco leí en una entrevista hecha por Roger Estrada en su sitio http://rogerestrada.net. Aquí les va: “Hoy en día es evidente que la mayoría de los chavales solo aspiran a la fama, les importa una mierda la música; pero yo, como artista, adoro crear atmósferas musicales con las que captar tu atención y mantenerte en suspenso. Y luego está el aspecto chamanístico de la experiencia de crear música, este viaje hacia lo desconocido, hacia un lugar aterrador o hermoso, para captar un instante o extraer de él una fragancia o un sabor con que enriquecer mi paleta musical. Eso es lo que me gusta y siempre ha sido así.”

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