Sin disfraces, segunda parte

14/03/13
Fuente: Vinorama | Patricio Tapia.

Patricio TapiaEs probable que suceda, que los vinos de Uruguay lleguen al pódium en donde merecen estar y que, luego de eso, todo se vaya al carajo. Que comiencen a arribar los asesores extranjeros (ya han llegado) con sus teoría sobre lo que le gusta a la gente, su madera nueva, su madurez tardía, su dulzor, su odio a la rusticidad. Es probable que suceda, aunque no creo que suceda pronto o, al menos, no creo que llegue a ser tan grave como lo ha sido, por ejemplo, en Argentina, donde las fuerzas de la sobre extracción y el abuso de la barrica casi acaban con todo, y aún lo siguen haciendo.

En Uruguay tengo la sensación de que los viticultores son algo más combativos o – también es posible- no tienen el dinero para pagarle el jet privado o la clase ejecutiva al asesor de moda. Conozco a algunos combativos como de Lucca, el “tano” de Lucca y su eterno espíritu iconoclasta. O Carrau y su lado más clásico o Viñedo de los Vientos y su constante experimentación, como si hacer el vino fuera un juego permanente. Y también está Estela de Frutos que hace un Tannat tan delicioso que dan ganas de que fuera jugo de cerezas. Jano se llama.

No creo que ellos transen. No creo que ellos -incluso si tuvieran el dinero- paguen por el combustible del jet privado o los espumantes de clase ejecutiva o los miles de euros que cuestan las barricas nuevas. Tampoco creo que se traguen el discurso de que el Tannat se necesita cosechar mucho más tarde para que se suavice. Disfraces.

El Tannat es una cepa deliciosa, pero que no cautiva a la primera. No es como el Malbec, por ejemplo, la niña bonita que con sus aromas te deja embobado. El Tannat es más hosco, más distante. No es aromático; es rudo en la boca, con taninos salvajes que se unen con la acidez para armar una estructura que puede ser similar a la Baga de Bairrada o al Sagrantino de Montefalco. Vinos hechos de cemento. Así de importante.

Los mejores Tannat crecen sobre los suelos arcillosos y calcáreos de Canelones, especialmente si son de parras viejas. Pero también hay otras zonas, hacia la costa, hacia los montes (no hay muchos montes), hacia el interior, con distintos suelos, con distintos climas, que también dan Tannat exquisitos. Siempre que haya arcilla, siempre que haya cal (y a veces granito y hasta pizarra) el Tannat tiene su personalidad asegurada.

Estuve en Uruguay, catando sus vinos, a propósito de un nuevo capítulo del Descorchados que, por primera vez, incluirá los vinos uruguayos de unas veintitantas bodegas (no hay muchas más) junto a los vinos argentinos y chilenos. La idea es debutar con la edición de México y luego seguir con las otras ediciones latinoamericanas. Me interesa Uruguay, me importa lo que suceda allí. Sus vinos no tienen que ver con lo que se hace más al sur. No tienen ese clima favorable y esas condiciones naturales ideales que tanto mal le han hecho al vino chileno y al argentino. Son un país pequeño, no tienen grandes ambiciones; incluso hasta hay que convencerlos a veces de que lo que hacen es de clase mundial, porque los vinos de clase mundial nunca (nunca) crecen en vergeles, sino que en condiciones complejas, como la humedad de Montevideo, la cercanía del río y el mar, esa humedad que ha hecho una suerte de selección natural y que dejó al cuero duro del Tannat como sobreviviente.

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