Un lugar cálido y familiar, que se inserte con el paisaje

21/05/09
Fuente: El Cronista | Foto: El Cronista.

0000226848[1]

Borrar la frontera entre el ambiente empresarial y el familiar. Y que el edificio no tape el paisaje. Así se podría resumir la consigna que se fijaron José Alberto Zuccardi y Ana Amitrano cuando decidieron transformar la casa familiar de campo en un centro de turismo vitivinícola, que incluyera restó y cava. La obra, en una fina ubicada en Fray Luis Beltrán, Maipú, a unos 35 kilómetros del centro de Mendoza, ya tiene seis años y, con los resultados a la vista, se puede decir que el encargo fue cumplido al pie de la letra.

“En una primera etapa usamos una casa dentro de la finca, algo de un estilo muy familiar, fundamentalmente para atender a clientes de otras zonas que venían a visitarnos. Al verano siguiente, aprovechamos un lindo parral y abrimos al público, con cero infraestructura, una cocinita de casa, el parral y unas mesas; y nos dimos cuenta que si queríamos crecer teníamos que hacer un restaurant”, rememora Amitrano, ex esposa de Zuccardi, que supervisó la obra y hoy ejerce la dirección comercial de esta bodega.

Para no salirse de la impronta familiar, la elección del arquitecto siguió esa línea. Fernando Raganatto había sido durante muchos años el arquitecto de la familia, y fue el encargado de interpretar el gusto de los Zuccardi. Entre los pedidos específicos, estuvo el respetar los materiales típicos de las construcciones mendocinas. Por eso predominaron el hormigón y la madera. “También queríamos que los comerdores estuvieran muy integrados al verde de las viñas y a un jardín del costado. Además, tenía que tener un living grande, y por supuesto una chimenea”, agrega.

El complejo se completa con una cava subterránea, visitable por los turistas, y una cocina con parrilla y hornos de barro, visibles desde el restaurante.

Con estas instrucciones, el arquitecto puso manos a la obra. Cerró una galería de la casa vieja para armar el living que le habían solicitado. La cocina preexistente era pequeña, por lo que la hizo a nuevo, sin puertas, y se valió para ello de la colaboración de Dolli Irigoyen, quien dio pautas y especificaciones. El comedor mantuvo la característica de las viejas casas familiares, y fue pintado de amarillo claro. Para reforzar el concepto de integración con el paisaje, las dos salas fueron resueltas con techos y ventanas de vidrio.

La obra duró un año, y no hubo grandes inconvenientes, aun cuando por la naturaleza familiar de la empresa había muchas voces que opinaban.

“Estuve de cerca en la resolución de la cocina, para que fuera el espacio acorde a nuestra cocina. Tenía que contar con buena tecnología. Y como elementos más decorativos que funcionales, incorporamos detalles en madera y estanterías”, dice Amitrano. Para este objetivo, se recurrió a mobiliario tradicional de la zona, como sillas de campo de totora y mesas muy amplias.

Sus espacios preferidos: la chimenea y una terraza integrada al jardín. Conclusión, el arquitecto aprobó el examen, al haber comprendido cabalmente el concepto: “Nos interesa que el lugar sea acogedor, no un edificio inserto en el paisaje, que no compita sino que se integre”.

COMMENTS