Volver a la tierra, proponía Draghi

12/12/10
Fuente: Diario Los Andes | Gabriel Bustos Herrera.

int-128992[1]Dura radiografía de la vida en el campo y las carencias que apuran el éxodo hacia los barrios pobres de las grandes urbes. Sesentones, sin niños ni jóvenes. Viviendas ociosas en el campo y escasez en la ciudad. ¿Hay políticas de estímulo para volver a la tierra? Imaginé el silencio y despertó heridas de mi propio desarraigo. Como el de miles de otras familias que abandonaron su tierra y se desintegraron en el marrón-marrón de las villas o los barrios pobres de la gran ciudad. Sólo quedan los más viejos, con esperanza escasa. O ya sin ella. Los jóvenes emigraron y hasta escasea la algarabía de los niños.

Como una escena fantasmal, lo mostró un estudio social de la Corporación Vitivinícola y técnicos de Ciencias Agrarias de la UNCuyo: en el imperio del sol y la arena, en fincas chicas -por lo general menos de 10 o 15 hectáreas- o en «contratos» de tierra ajena, sólo queda una mayoría de gente grande que se aferró al sueño verde de la viña y la chacra.

El 95% de ellos respondió que no se irán nunca de la finca. Pero, añorando, se les va diluyendo la fe. El 92% de los encuestados «no participa en la actividad social de su zona» (el club, el centro de desarrollo comunitario, la cooperativa, la iglesia).

Dato deprimente: en el testeo aparecía, insólito, «vivienda ociosa»: casos en que sobran habitaciones y, en otros, la casita entera. Es que los pibes y los jóvenes se fueron de la finca y quedó el hueco. Lo contrario de la intensa demanda de vivienda en la gran ciudad. Fenómeno inverso al crecimiento de las villas miseria del Gran Mendoza, donde se hacina gente del campo en la indignidad de taperas.

Aferrados a la tierra. Hace poco lo viví en asambleas en las que el BID y la Corporación Vitivinícola proponían asociar con contrato a los pequeños productores -que debían vivir en la finca- e integrarlos a las bodegas (el 85% de los protagonistas de la vitivinicultura cultiva fincas de menos de 15 hectáreas).

Más de la mitad de los que se arrimaron interesados en el plan de asociación y mejora de sus fincas -plan Proviar- son mayores de 60 años, con el título de propiedad sin resolver (eso los inhabilita como sujetos de crédito), cuyos hijos emigraron hace tiempo en busca de oportunidades de trabajo y estudio, y no volvieron.

Son excepcionales los casos de jóvenes que decidieron seguir trabajando la tierra de sus mayores (aún los que estudiaron agronomía o similares).

En muchos casos los viejos ya bajaron los brazos y la pequeña finca se partió en pedacitos por la sucesión exigida por hijos y nietos desinteresados en el proyecto productivo.

En la mayor parte de estos casos, los hijos o los nietos vendieron rápidamente su parte. El que compra, concentra, extiende su dominio empresario y replantea el negocio. De los 12 pequeños productores que vivían en el callejón de los Fredes, en Santa Rosa (entre ellos mis viejos), hoy no queda ninguna de las familias originales. Una o dos firmas atesoran las que fueron pequeñas fincas de 8 a 15 hectáreas. Y así, por mil casos.

Lo vi. En el sur de Francia el Estado habilita crediticiamente para que uno de los hijos -el que quiere seguir con la finca de los viejos- le pague su parte a sus hermanos y no «achique» el terruño en 3 ó 4 pedazos insostenibles. Y apoyan técnica y financieramente al que decide quedarse en el campo.

El jueves en el Foro de la Coviar, escuché a una técnica chilena contar los instrumentos con los que La Moneda viene generando desde los ?80, condiciones de vida en el campo, intentando que los jóvenes vuelvan a la finca de los viejos o arranquen ahí para dignificar sus vidas.

Claro, es toda una política social: vivienda, educación de calidad, salud pronta, transporte eficiente, energía, comunicaciones.

Allá y aquí he oído a amigos insistir en el pronto desarrollo de «ciudades intermedias» entre el campo y la gran ciudad, que consoliden el arraigo de su gente próxima. Simple, acomodar condiciones para una vida digna en el campo y sus alrededores, con educación, esparcimiento y oportunidades para jóvenes y adultos. Cuestión de modelos de vida, claro. Y de dirigentes capaces de priorizarlos.

La angustia cerca y mi niño lejos, cantaba la Negra en «Tristeza». Escasean los jóvenes. Algunos -peones que giran de viña en viña- tienen sus plantas en macetas bajo la galería: es que cambian seguido de techo, emigran de finca en finca y cargan seguido con sus macetas a cuestas, como con sus sueños, ya casi sin anhelos.

El asunto es que terruño, define 3 componentes: tierra, clima y calidad de gente, que a la postre es la columna de la fórmula (no siempre valorada en algunas ecuaciones económicas).

En la Nueva California, por ejemplo, el estudio de José Pozzoli y Laura Alturria (de la Corporación Vitivinícola y de Ciencias Agrarias), muestra que en la pirámide social de esos pagos «prácticamente no hay niños y son escasos los adolescentes que aún conviven con sus padres o abuelos» (globalmente, sólo quedan los más viejos, sin hijos y con su prole emigrada hace tiempo hacia la ciudad).

La teoría supone normal en el campo, 60% de mayores adultos activos, 30% de adolescentes y jovencitos y 10% de abuelos que pasaron los 65. Pero en la mayoría de las zonas testeadas, el informe muestra distorsionada la ecuación: los adolescentes y jóvenes están por debajo del 15 o 20% y los mayores de 50/60 dominan con claridad la ecuación.

En el 35% de los hogares chequeados, en el último año, emigró por lo menos un menor de 18 años. Lo normal es que los adolescentes y jóvenes emigren y no vuelvan más, a la finca de los viejos. Así, hasta que el abuelo baja los brazos, vende o abandona su tierra. Y el proceso se va concentrando, como es natural, en grandes emporios, en tecnología y pocos brazos. Mientras, crecen las villas o los barrios pobres en la gran ciudad. Es el ciclo vicioso.

Volver a la tierra. El chequeo muestra algo para nada curioso: el 92% de los censados en esas pequeñas fincas «no piensa dejar la viña o la chacra». Pero hay muy pocos jóvenes interesados en despertar en la viña, según prueba el informe de la Coviar y de la Facultad de Ciencias Agrarias.

El jueves animaron un Foro en la UNCuyo en busca de políticas sociales para combatir el desarraigo y consolidar la familia rural. Cuando salía del encuentro, me acordé de Juan Draghi Lucero (La Cabra de Plata, El hachador de los Altos Limpios).

Unos meses antes de morir, nos sugirió en su casa: «Hay que ayudarlos a volver a la tierra a los que trastabillan en la miseria de las villas o en los barrios pobres. Que cultiven un pedazo de tierra que el Estado podría facilitarles o apoyarlos para que se hagan cargo de la de sus mayores. Tienen que consolidar a los que se quedaron: son el emblema a salvar. Dignificarían sus vidas, mejoraría el campo y se podría disipar la miseria disimulada en torno a la gran ciudad», nos dijo.

¿Qué vida consiguieron los que vinieron de adentro y hoy andan entre el ruido del cemento y el marrón-marrón de las calles de la villa? ¿Qué sueños curten los que se quedaron en el campo y aún se aferran a la tierra, lejos de sus hijos y nietos, ya urbanos y, por lo general, pobres? ¿Qué políticas de Estado ayudan a los hijos a volver, renovando el terruño de sus viejos?

Es lo que procura la Europa comunitaria: no ahorran esfuerzos -financieros, políticos y sociales- para consolidar la vida digna en el campo. Si hasta hay un criterio de eficiencia presupuestaria, es más barato que sostenerlos con subsidios masivos en las villas pobres del Centro. Y siempre será más digno que durar en una tapera, desocupado.

COMMENTS