Las bodegas se rinden ante el liderazgo femenino

13/07/13
Fuente: La Nación | Sebastián A. Ríos.

Soledad VargasLa nueva generación de enólogas toma por primera vez las riendas del (hasta ahora) masculino mundo del vino.

Hasta no hace mucho tiempo el vino era considerado cosa de hombres. De hecho, aún hoy son pocos los restaurantes en los que la carta de vinos se le ofrece a una mujer si es que en la mesa hay un varón. Y lo mismo era moneda corriente en viñedos y bodegas, ámbitos en donde la presencia de la mujer solía estar relegada a lugares menores, con poca o nula capacidad de intervenir en el proceso de creación y elaboración de un vino. Esto último, al menos, está cambiando: ya son varias las bodegas argentinas que apuestan al liderazgo femenino a la hora de soñar y dar vida a un vino. Soledad Vargas (32), de la bodega Finca La Anita. Foto: Patricio Pidal

«Cuando comencé, éste era todo un mundo de hombres en el que la mujer no tenía lugar alguno. Si había mujeres en las bodegas era en el laboratorio, pero el resto de las áreas eran ocupadas por hombres», recuerda Soledad Vargas, ingeniera agrónoma de 32 años que lleva ya tres vendimias al frente de los viñedos y del equipo de enología de Finca La Anita, bodega dedicada a la producción de partidas limitadas de vinos de alta gama.

«La enología es un campo que hasta el momento fue dominado por hombres», coincide Paula Borgo, de 36 años, bromatóloga especializada en enología, actual Primera Enóloga de Bodega Séptima. «El sector del vino en la Argentina viene registrando una verdadera revolución en los ultimos años -agrega-. Y no sólo se han producido cambios tangibles, como la reconversión de viñedos o la incorporación de tecnología en todo el proceso de elaboración, sino que también registramos cambios intangibles, como es la composición de los equipos de trabajo con mayor participación de la mujer.»

En países como Estados Unidos o Australia, las bodegas hace ya un buen rato que han superado el machismo enológico; de eso da fe la actual generación de enólogas argentinas que antes de insertarse en el mercado laboral local se capacitó o incluso trabajó en el exterior. «Antes de terminar la carrera, hice una pasantía en los Estados Unidos -cuenta Soledad-. Era un mundo completamente distinto, en donde daba lo mismo ser mujer u hombre, al punto tal que los varones no te ayudaban si tenías que cargar cosas pesadas…»

Antes de instalarse en su Mendoza natal, Soledad trabajó en las bodegas californianas KJ La Crema y Cakebread Cellars, y en la australiana Wynns Coonawarra Estate. En todas esas bodegas, destaca, «las main winemakers [enólogos jefe] eran mujeres, lo que me daba cierta tranquilidad».

Paula tampoco tuvo dificultades para, siendo mujer, incorporarse al mundo del vino en sus años de capacitación y trabajo en el exterior. De las 16 vendimias de las que ha participado, cuenta, «tres fueron en regiones vitivinícolas del exterior: Napa Valley, en Estados Unidos, y Castilla-La Mancha y Penedès, en España. Estas experiencias me permitieron crecer en el campo, conociendo diferentes técnicas de vinificación, manejo de viñedos, tipos de suelos, utilización de madera, entre otras tantas prácticas del proceso de elaboración. En todas estas bodegas trabajé como asistente de elaboración, formando parte del equipo enológico y ayudando en la toma de decisiones en cortes de vinos».

Esa ausencia de distinción de sexo parece cobrar poco a poco naturalidad en el mundo del vino local. «Gracias al camino abierto por las primeras mujeres en el rubro, la responsabilidad, el profesionalismo y el compromiso con este trabajo apasionante hacen que hoy cada vez seamos más mujeres en el viñedo y en la bodega», comenta Pamela Alfonso, ingeniera agrónoma de 32 años, actual gerenta de viñedos de Alta Vista, bodega establecida en Chacras de Coria, 15 kilómetros al sur de la ciudad de Mendoza.

Crecer entre vides

Pero ¿cómo surgió el interés por el vino en generaciones de mujeres que nunca fueron siquiera pensadas como sus destinatarias? En los casos de Soledad, Paula y Pamela, el amor por la vid viene de familia.

«Mi primer contacto con el mundo del vino fue en mi infancia, cuando acompañaba a mi abuelo a la finca familiar -cuenta Pamela-. Era un gran lugar de juegos para mí. La pequeña finca tenía viñedos de malbec y olivos; en esa época el contratista que trabajaba labraba la tierra con un caballo y arado de rejas; mi trabajo consistía en entregar las fichas en la época de cosecha. Luego observaba cómo mi abuelo llenaba sus «bordelesas» para hacer su vino, que luego convidaba en sus cumpleaños. Año tras año, me fui familiarizando con ese mundo. En el momento de decidir mi carrera, no dude en ingresar a la Facultad de Ciencias Agrarias, donde obtuve mi título de ingeniera agrónoma.»

«Mi papá es viticultor, tiene viñedos en el este de Mendoza; de ahí que el mundo del vino sea algo que me encantó siempre», coincide Soledad. «Mi relación con el vino se la debo a mi padre -agrega por su parte Paula-. Él es un ingeniero agrónomo muy vinculado al sector, por lo cual desde chica el campo, los viñedos y el vino me acompañaron. Eso despertó en mí, desde muy temprano, una verdadera pasión por el vino.»

Pamela AlfonsoEn lo que coincide la actual generación de jóvenes enólogas es en la escasez de referentes femeninos; una excepción a la regla es la trayectoria de Susana Balbo, cuya labor pionera es sin duda un referente para la actual generación de mujeres del vino. «Susana Balbo pertenece a una generación en la que no hay, con esa fuerza y ese renombre, otra mujer», confirma Soledad. Pamela Alfonso (32), gerenta de viñedos de Alta Vista. Foto: Alta Vista

De esa fundacional generación de enólogas, Pamela destaca «la solidaridad a la hora de compartir su vasta experiencia y el apoyo a las más nuevas».
Afortunadamente, todo hace suponer que el futuro de la enología tendrá una mayor impronta femenina que la de antaño. Cuenta Soledad que ingresó a Finca La Anita como gerenta de producción a partir de la búsqueda explícita de una mujer: «Manuel [Manuel Mas, propietario de la bodega] planteó en esa búsqueda una visión de sensibilidad, de renovación, de cambio. Creo que las mujeres somos más atrevidas, no seguimos tanto la receta; hace tres vendimias que estoy en la bodega y trato de no repetir lo que hice el año anterior». Un ejemplo de esa forma de trabajo es Varúa, vino de Finca La Anita que se realiza con las mejores uvas de cada cosecha, sin importar de qué cepa provengan. «Usamos lo mejor de la finca, y no siempre es lo mismo. Este año elegimos merlot.»

Pamela, por su parte, destaca otros aspectos positivos de la presencia femenina en el viñedo y la bodega: «Las mujeres vamos en busca del detalle, somos perfeccionistas por naturaleza y a la vez innovadoras. Aportamos orden y delicadeza».

En definitiva, todas capacidades que deberían poder ser amalgamadas con la mirada masculina para crear un buen blend . Ésa es hoy la apuesta. «Considero que en todo grupo de trabajo debería haber un mix entre hombres y mujeres, un equilibrio que permita que el vino exprese las virtudes de ambos sexos», concluye Paula.

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